Carlo Ancelotti entró en un honorífico salón de la fama: es el primer personaje del fútbol -jugador o entrenador- que se consagra campeón en las cinco grandes ligas del fútbol europeo, que equivale a decir mundial. Ganó con el AC Milán en Italia, con el Chelsea en Inglaterra, con el Paris Saint Germain en Francia, con el Bayern Munich en Alemania y ahora con el Real Madrid en España. Un mérito excepcional, tanto que nadie lo había logrado en exactos 150 años de competiciones. El porte fantástico de tales escudos realza sus logros, los barniza de un brillo especial.

“Bah, esos clubes salen campeones aunque los dirija mi abuela”, minimizan muchos en Twitter (esa fuente de sabiduría…). En absoluto, esos clubes generan una presión brutal sobre el entrenador, si no muestran resultados inmediatos les dan salida. Están obligados a ganar títulos año tras año. Y más de uno. Si el Madrid o el Barça cosechan apenas una Copa del Rey en una temporada, suena a fracaso. Lo mismo vale para Bayern o PSG. En todo caso, a Carletto le dan una Ferrari y no la choca, la lleva plácidamente hasta la bandera a cuadros.

Y no es apenas un técnico liguero: tiene tres Champions en su haber, que podrían ser cuatro si esta tarde eliminan al Manchester City, aunque esta la tiene brava. O sea, un ganador en cualquier terreno. En todos lados le ha ido bien: incluso ha sido subcampeón con el Napoli y el Parma. Y a nivel nacional ha ganado también la Copa Italia, la Copa Inglesa y la Copa del Rey, además de dos Mundiales de Clubes. Con esta coronación del Real Madrid, el italiano suma 22 coronas de laureles y se mete entre los diez entrenadores con más éxitos de la historia junto a Alex Ferguson, Pep Guardiola, José Mourinho, Luiz Felipe Scolari, Giovanni Trappattoni, entre otros.

Pero ¿qué tipo de técnico es Ancelotti…? ¿Un tacticista, un resultadista, un picapiedra, un obsesivo, un ultradefensivo, un contragolpeador, un lírico…? Es un estratega simple, versátil, que a lo largo de sus veintisiete años entrenando ha utilizado el 4-2-3-1, el 4-3-2-1, el 4-3-3, y el 4-4-2, como en este Real Madrid con Kroos-Casemiro-Modric-Valverde en el medio y Benzema-Vinicius arriba. Es decir, se adapta perfectamente al club y al plantel que le dan. No es un revolucionario, tampoco inventa fórmulas extravagantes, se enfoca en su equipo antes que en el rival, es de los que respetan la pelota y, sin ser un dogmático de la posesión, privilegian la tenencia. Gana esencialmente por su personalidad, es un líder sereno, un capo del sentido común que genera un clima de distensión y alegría en el vestuario. Los jugadores lo quieren y él les da confianza, con lo cual consigue el máximo compromiso de ellos. Lo de toda la vida: cuando los futbolistas aprecian, respetan y admiran a su entrenador, los triunfos llegan puntuales.

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“Es un gran entrenador y una gran persona”, ilustra Kingsley Coman, el endiablado puntero del Bayern Munich que tuvo a Carletto como DT en el PSG y en el club bávaro. Lo pinta humanamente: “Él da mucha importancia a la comunicación. Siempre tiene tiempo para sus jugadores y las puertas de su despacho permanecen abiertas para nosotros. Nunca levanta la voz, la suya es una autoridad genuina. Puede manejar sin problemas a cualquier clase de jugador”. Y da pistas como entrenador: “A Ancelotti no se le puede sorprender ya con nada, dada la toda experiencia que ganó primero como jugador y después como entrenador. Él es un profesional de pies a cabeza, no deja nada a la suerte y en cuanto a su filosofía, a él le encanta que su equipo tenga el control del juego. Es muy flexible tácticamente y siempre se saca un as de la manga cuando tiene que escoger una nueva variante de juego”.

No son las variantes tácticas, está claro que es su forma de ser la que logra extraer lo mejor de cada uno de sus dirigidos. Con ello logró que Benzema alcanzara esta temporada el nivel de fenómeno, que Vinicius se consolidara como figura y no se lo discutiera, y que la dupla de centrales Militao-Alaba se asentara y nadie se acordara más de Sergio Ramos. Era el primer año de Alaba en el Madrid y con la confianza que recibió de Ancelotti fue un baluarte desde el primer día, justo en su primer año en el club, y teniendo que sustituir a un grande como Ramos. Se pensaba que sería este un año de transición para el club merengue, mientras se esperaba la jubilación de los próceres del mediocampo (Kroos, Casemiro y Modric), pero lo pasó ganando el título, y con quince puntos de ventaja sobre el Barcelona, segundo.

Quien fuera un volante laborioso en aquel famoso Milán de Gullit, Rijkaard y Van Basten, se enrola en la línea de los técnicos paternalistas, amigo de sus jugadores, con los que mantiene un excelente relacionamiento. Esto no significa que no trabaje, desdeñe la táctica o se dedique a hacer asados. Desde luego sabe de táctica, de lo contrario no estaría en esos lugares y no ganaría tanto. Los cuerpos técnicos de los clubes poderosos -y los medianos también- son muy nutridos, de alrededor de veinte miembros, no se improvisa ni se escapa nada. Ancelotti tiene un equipo con técnico alterno -su hijo Davide-, tres asistentes, entrenador de arqueros, operadores de video, delegados ante la asociación y ante las autoridades de cada partido, cinco kinesiólogos (cada día hay más espacio para esta función, para atender individualmente la rápida recuperación de los lesionados), cuatro médicos, encargado de prensa… Un ejército que está en cada detalle, táctico, físico o administrativo. Él vuelca la idea madre en el grupo, planifica el partido y luego va a su fuerte: el trato con los jugadores. Y le da resultados: a lo largo de su extensa carrera ha logrado un alto 66% de eficacia.

Como Klopp, es de los que palmea y abraza a sus muchachos, los alienta y respalda. Y mueve mucho el banco, todos tienen minutos. Eso mantiene feliz a la tropa. Curiosamente, a este tipo de entrenadores que son la contrafigura del sargento es a quienes mejor les va. Sin ser tan demostrativamente afectuosos, Guardiola y Tuchel militan en la misma línea. Y aún con su seriedad, Gareca y Tite también.

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Como figura pública es un sujeto tranquilo, que no provoca revuelos con sus declaraciones, nunca un escándalo ni una pelea. Y no hay jugador que hable mal de Carletto. Esa también es una táctica ganadora. Ancelotti es el triunfo de la sencillez. (O)