“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Es una de las frases memorables del colombiano Gabriel García Márquez, gran autor del llamado boom latinoamericano de la literatura. En el diario español El País, en 1996, en un artículo titulado “La nostalgia es la materia prima de mi escritura”, Gabo afirmaba: “Todos nosotros nacemos con un disco vacío que tenemos que llenar con un material nuevo y fascinante. Pero, a medida que uno se va haciendo mayor, el disco duro está cada vez más lleno, hasta que, finalmente, ya no acepta material nuevo. Entonces, tenemos que empezar a utilizar disquetes, pero tenemos que quitar cada disquete cuando está lleno, y si queremos recordar algo, tenemos que volver a insertarlo. Entre tanto, la memoria que ha sido grabada en el disco duro siempre está disponible. De eso es de lo que hablo cuando hablo de mi infancia: del disco duro”.

A estas alturas del partido creo, con fortuna, que caben en mi disco duro algunos megabytes que siguen llenándose de recuerdos. Cada remembranza tiene su valor; están teñidas de alegría, otras de tristeza, otras de orgullo. Las reminiscencias emocionalmente neutras se arraigan menos en la memoria y participan menos en la construcción de nuestra personalidad. Tales recuerdos se afianzan en la memoria porque definen una parte de nuestra existencia: se trata de un material rico en imágenes sobre el que se basa nuestra mente para configurar nuestra identidad, lo que somos, la forma en que nos vemos a nosotros mismos. Que tales evocaciones se implanten de forma tan tenaz en la memoria se debe a que llevan aparejada una emoción positiva, asociada a uno mismo.

No quiero hacerme el científico, pero las lecturas van ilustrándonos cada día. Esa costumbre de leer me ha hecho saber que esos recuerdos vívidos, detallados y consistentes, y con una fuerte carga subjetiva de veracidad se llaman flashbulb memories (flash de recuerdos). Son sucesos altamente impactantes por la repercusión individual y/o social que conllevan. Dirán después de esto que me parezco a los analistas del fútbol trigonométrico y astronómico a los que he criticado siempre.

Barcelona y una semana de infortunios

Mejor paso a lo terrenal. Este mes de abril y el de mayo próximo están repletos de sucesos memorables. Yo tuve la oportunidad de vivir esos hechos y atesorarlos en mi disco duro gracias a las miles de horas en las canchas del país y en muchos escenarios del extranjero. Abril es el mes de la fundación de Emelec (algo que investigué para el libro George L. Capwell, el gringo guayaquileño) y el de La hazaña de La Plata, llamada así la victoria de Barcelona como visitante ante Estudiantes de La Plata, cuando los canarios rompieron el invicto del estadio pincharrata (sobra de la cual tengo terminado un libro postergado por la pandemia).

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Mayo es el mes de la fundación de Barcelona, tema escrutado hasta la saciedad para el libro Los forjadores de la idolatría, que narra desde el nacimiento del club del Astillero hasta llegar a idolatría popular. Es también el mes de la llegada del técnico Fernando Paternoster, constructor del segundo Ballet Azul y la memorable línea de ataque llamada Los Cinco Reyes Magos.

Puedo seguir con la lista, pero una vieja foto (generalmente esas gráficas nos producen grandes emociones) me aproxima a un tema que abordaré en su real dimensión: la victoria de Barcelona ante Millonarios de Bogotá, en mayo de 1952. El Ídolo del Astillero ya era dueño de la emoción popular y se preparaba para el torneo de la Asociación de Fútbol del Guayas, el segundo de la serie. Hace algunos años le consulté a uno de los próceres del viejo Barcelona, el siempre bien recordado don Wilfrido Rumbea León, sobre el origen de la foto. Supe entonces que fue tomada en Playas (General Villamil) en un paseo organizado por la institución amarilla para darles un poco de esparcimiento a los jugadores.

Barcelona logró una épica victoria en Lima

Cualquiera de los que disfrutaron la era del viejo estadio Capwell sentirá que se le acelera el ritmo cardiaco y que corre por sus venas la sangre con mayor velocidad. Es el efecto de esa mezcla querible de emoción y nostalgia. Imposible evaluar cuánto debe Barcelona a esos futbolistas que lo llevaron a ser dueño del amor popular o a reafirmar ese sentimiento en esos años de ensueño. Eran grandes, tenían clase y un corazón que no les cabía en el pecho. Afrontaron esos jugadores complicados compromisos ante equipos extranjeros famosos con la fortaleza de su espíritu criollo que no sabía de complejos.

Habían nacido en la entonces pródiga tierra huancavilca o en la de los Chirijos, eran bravos y no sentían complejos ante la celebridad, la arrogancia y la subestimación de sus adversarios, así se llamaran Julio Cozzi, Néstor Rossi, Adolfo Pedernera, Alfredo Di Stéfano, Alejandro Mur, Roberto Muñeco Coll, Didí, Valeriano López, Eduardo Ricagni. Todos al frente en busca de la victoria con el único sistema que se conocía: jugar para ganar, sin fingir lesiones, pedir cambios o echar el balón a la tribuna. Esto vale para todos los grandes equipos de entonces: Río Guayas, Patria, Everest, 9 de Octubre, Emelec, Norteamérica.

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La foto que ilustra esta columna nos devuelve las figuras de Manuel Negro Valle, técnico y potente mediocampista fichado desde el Panamá SC en 1946; titular o suplente con Fausto Montalván, Jorge Cantos o Heráclides Marín. A su lado, de pie, con su clásica cazadora, Simón Cañarte, el goleador insigne desde su aparición en 1951. Jugaba en la Unión Deportiva Comercial por el equipo del Banco La Previsora cuando lo vio el ojo entrenado en descubrir estrellitas de Federico Muñoz Medina. Imposible olvidar su condición de artillero implacable, goleador del torneo de Asoguayas en 1954 y autor de dos conquistas memorables que están en mi disco duro: un taponazo a Julio Cozzi, de Independiente de Avellaneda, el mejor arquero argentino de la época, en 1956. Y el de chilena a Miguel Ángel Rugilo, el León de Wembley, que llegó con Tigre en 1958. En el extremo derecho un maestro difícil de igualar: José Pelusa Vargas, un fantasista y creador de artilugios como pocos, un 10 auténtico sin imposturas.

Abajo están Carlos Pibe Sánchez, quien enfrentó y se sobró ante Alfredo Di Stéfano cuando jugó contra Millonarios. Fuerte, gran cabeceador e implacable en la marca. A su lado Guido Andrade, un prodigio en el arte del regate artístico y el centro preciso. Integró la primera gran delantera del profesionalismo: la del Quinteto de Oro. Fue tentado por Boca Juniors en 1949, pero prefirió volver a Milagro para casarse.

Le sigue el incontrolable Jorge Mocho Rodríguez, que empezó de centrodelantero pese a su pequeña talla, pero se convirtió en puntero derecho cuando comenzó a alternar con José Negro Jiménez y se quedó con el puesto. Pícaro, atrevido, era un meteoro, con una particularidad: frenaba a raya y hacía pasar de largo a los marcadores. Y finalmente César Solórzano, cuyo pase a Barcelona costó 20.000 sucres, una fortuna de esos años, algo así como 1.200 dólares. Se quedó con el apodo de Veinte Mil y dejó grandes lecciones de fútbol en 14 temporadas. (O)