Las lágrimas de Damián Díaz dolían, certificaban que ya no tendrá otra ocasión de gloria como esta. El caballeroso final: saludo respetuoso, elogioso de Fabián Bustos a Renato Gaúcho, los intercambios de casacas, los abrazos entre todos eran testimonio de que fue una lucha viril, pero limpia, a puro corazón, con los roces lógicos de una instancia así, en la que dieron todo. Nadie se fue cabizbajo, porque se regó el césped de sudor y dignidad. Es ley del deporte, uno debe pasar, otro queda atrás. Barcelona dejó el alma en el campo, en los dos choques, le tocó caer ante un grandísimo equipo. Un epílogo sin reproches de nadie para nadie, ni para sí mismos. Barcelona lidió contra la más alta expresión de contundencia brasileña, un futbol que históricamente tiene la virtud de no perdonar: llega y liquida.