A 118 años del primer partido de fútbol en Buenos Aires (en 1860), Argentina, por fin, hospedó un Mundial. No existe un país más apasionado por este juego. Sólo en la capital y su zona metropolitana hay 60 estadios.

En su 35º congreso, el 6 de julio de 1966 en Londres, la FIFA tomó una resolución nunca repetida: designó la sede de tres Mundiales: Alemania 1974, Argentina 1978 y España 1982. A la patria de Di Stéfano, Maradona y Messi se lo dieron por descarte, no había otro país americano que lo hubiera solicitado o en condiciones de organizarlo.

En ese tiempo el fútbol era nada en Estados Unidos. Argentina lo venía reclamando desde 1936. Cuando llegó ese congreso en Londres presentó una cartita nomás y se lo dieron. De lástima.

Para 1966 Argentina vivía en democracia, pero ocho días antes de su designación un golpe de estado derrocó al presidente constitucional Arturo Illia. Y cuando llegó el Mundial, doce años después, reinaba una dictadura, tiempos políticamente cruentos.

Similar a lo sucedido en Italia durante el Mundial del ‘34 o en Alemania cuando los Juegos Olímpicos de 1936. Esto manchó el contexto del torneo, lo enturbió, aunque el Mundial pareció ordenar una tregua y se disputó en paz.

Fue una Copa muy bien organizada, a tono con la excelencia en estadios, transportes y comunicaciones que había mostrado Alemania cuatro años antes.

Se construyeron tres espléndidos escenarios (Córdoba, Mendoza y Mar del Plata) y se remodelaron a nuevo otros tres (River Plate, Vélez Sársfield y Rosario Central). Amplias instalaciones para el que fue el último torneo con 16 equipos.

La Copa seguía en alza. Para Chile ’62 se inscribieron 56 asociaciones, para Inglaterra ’66 fueron 72, en Alemania ’74 el número subió a ’75 y en Argentina ’78 se logró un récord: 104 selecciones se anotaron en la Eliminatoria.

La tarea de universalización que haría João Havelange aún no se reflejaba: Europa tuvo 10 equipos sobre 16, un descomunal 62,5%.

Cuatro de los cinco países limítrofes de Argentina se quedaron afuera: Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay. De haber estado uno o dos de ellos, miles de extranjeros habrían asistido.

Electrocables Barraza

Aunque en todos los torneos el anfitrión suele recibir un sorteo benévolo, con Argentina fue al revés. Le tocó el tradicional “grupo de la muerte”: una Francia fuertísima con Platini, Lacombe, Tresor, Bossis, Battiston, Rocheteau, Didier Six…

Francia sería la revelación en 1982. Una Italia con Zoff, Gentile, Scirea, Cabrini, Tardelli, Benetti, Antognoni, Causio, Paolo Rossi, Bettega…

Cuatro años después serían campeones del mundo. Y la muy competitiva Hungría de Nyilasi, Toth, Nagy, Torocsik. Todos le dieron muchísimo trabajo al local, incluso perdió con Italia. Y en segunda ronda enfrentó a Brasil y a la Polonia de Lato, Szarmach, Boniek, Deyna, Gorgon, Zmuda, Lubański, Kasperszack…

Fue el primer Mundial de este cronista como tal. Resultó atractivo por la calidad de varios equipos.

Los nombrados más Alemania, último campeón, y la Austria de Pezzey, Prohaska y Krankl, que se dio el gusto de tumbar a Alemania: 3-2 con dos goles de Krankl, una de las figuras del torneo, a quien enseguida fichó el Barcelona para reemplazar a Johan Cruyff.

El Mundial quedó estigmatizado por la goleada 6 a 0 de Argentina a Perú, cuando la Albiceleste necesitaba ganar al menos por cuatro goles para superar a Brasil por diferencia de gol y así llegar a la ansiada final.

Se habló de sobornos, de arreglo del partido entre los militares argentinos y peruanos. Lo que vimos en ese momento nos pareció más terrenal: Argentina lo llevó por delante a Perú, que además sintió el ambiente infernal que generó la hinchada local.

Quien suscribe no recuerda, ni en un Boca-River, un partido con más clima que aquel. Un fervor nunca visto: 45.000 personas gritando sin parar durante tres horas. Era un volcán. La gente rugía, el ruido era ensordecedor y, cuando entraron los dos primeros goles, Perú se quebró.

Electrocables Barraza

Dos meses y medio antes del Mundial, ambas selecciones se habían enfrentado por la Copa Mariscal Ramón Castilla. Dos triunfos argentinos: 2-1 en Buenos Aires y 3-1 en Lima. “Ese 3 a 1 fue con baile. Y no jugamos Bertoni, Tarantini, Olguín y yo”, recuerda Mario Kempes en su libro ‘El Matador’.

Muchas otras veces Argentina lo venció abultadamente, 6-0, 5-1, 4-0, 4-1… No era extraño que le ganara ni que lo goleara en una instancia así, con esa atmósfera y con el acuciante deseo de llegar a la final en su propia casa. Además, Perú ya estaba eliminado; venía de ser aplastado 3-0 por Brasil (debieron ser más goles) y 1-0 ante Polonia.

Desde hace 48 años, cada tanto se revuelve el tema. Hay periodistas (argentinos) que han investigado obstinadamente, jamás encontraron una prueba ni una versión consistente de que el resultado estuviera pactado. La frase recurrente es “hubo cosas raras”; ningún testimonio serio.

Argentina fue un justo campeón que ganó con lo justo. No deslumbró. Salvo ante Perú, no fue superior a sus demás rivales, muy parejo con todos y menos que Italia y Brasil, a los que no pudo vencer.

Se coronó por la fe inquebrantable de sus jugadores, el coraje y la garra impresionante de todos, con algunos puntos altísimos en ese sentido como Luque, Kempes, Passarella, Fillol, Tarantini.

No jugó como pregonaba Menotti, los rivales no se lo permitieron, y terminó guapeando. Menotti decidió dejar fuera de ese equipo a Maradona y a Bochini, los dos mejores jugadores argentinos del momento.

Ellos dos le hubieran dado más fútbol al equipo y, sobre todo, un brillo que habría sepultado cualquier sospecha. No obstante, al ser campeón se tornó difícil discutirle la elección.

Aún sin Cruyff, su guía y estrella, Holanda practicaba un estilo pulido, ofensivo, y tenía internalizada la idea que había dejado Rinus Michels.

Venía de ser subcampeón en 1974 y tercero en la Eurocopa de 1976. Se esperaba que, entre sus virtudes y el juego que proponía Menotti -una especie de Guardiola antes de Guardiola- se diera un festival de fútbol. En cambio, fue una descarnada batalla.

Por ser el máximo semillero del mundo, Argentina pretendía ser, por fin, campeón. Y para Holanda, con semejante dotación que le había aparecido al comienzo de la década, el segundo puesto era una decepción.

Y se dio un choque áspero, donde imperó la pierna fuerte. Fue todo meter y chocar. Se fajaron. Se pegaron a discreción bajo la complaciente mirada del réferi italiano Sergio Gonella. No expulsó a nadie, sólo sacó 5 amarillas, 3 para Holanda. En el rubro leña se impusieron los de naranja, en el juego sacó una luz Argentina.

Electrocables Barraza

Ninguno especuló, ni por ser una final. Cambiaron ataque por ataque. Argentina sacó ventaja en ese aspecto por su fabuloso arquero Ubaldo Fillol, el mejor de la historia para este cronista junto a Iker Casillas.

También generó más situaciones de gol, en especial por Kempes y Bertoni, éste haciendo estragos por derecha y Kempes por el centro.

El hincha argentino dio a su equipo un recibimiento estremecedor, que el público internacional jamás había visto ni volvió a ver en un Mundial.

Es una pieza única. Miles de banderas y millones de papelitos aparte de una ovación atronadora le dieron una bienvenida inédita.

Y a cada momento surgía el ensordecedor “Vamos, vamos Argentinaaaa, vamos, vamos, a ganaaaar…” Pero a los holandeses no los achicó en absoluto. Lucharon como leones. El 3 a 1 final premió al país más pasional que el fútbol registre. (O)