El Clásico del Astillero era, hasta hace unos años, una fiesta en el césped y en las graderías; hoy es una batalla entre gente que corre, pega y trata de evitar el gol en su valla, y dos pandillas de vándalos y depredadores que con tambores, cornetas, cuchillos, armas de fuego y bengalas asesinas tratan de imponer su superioridad en el cemento. En los tiempos del viejo estadio Guayaquil, el antiguo Capwell y del Modelo no había réplicas de las camisetas que diferenciaran a los espectadores. Uno se vestía normalito con traje dominguero. La gente se sentaba entreverada y celebraba las jugadas y los goles sin agredirse. Terminado el partido, cada quien a su casa por la calle Quito o por Los Ríos celebrando o comentando y a esperar hasta el próximo Clásico.

Hoy, perdiendo o ganando los delincuentes destrozan los vehículos, lanzan piedras, asaltan o hieren a los que caminan por la calle. La gente de buen vivir se ha alejado de los estadios por la inseguridad, a tal punto que algunos clubes vetan la asistencia de las barras visitantes que van con la intención de destruir y no a disfrutar del espectáculo. Pero ¿hay en este tiempo espectacularidad? El duelo fue en otro tiempo de los jugadores, hoy es más de los directores técnicos, sus pizarrones perversos y los futbolistas domesticados. Se jugaba a ganar: un arquero, tres zagueros, dos volantes y cinco delanteros. ¿Habría estado en la mente de los maestros Fernando Paternoster o Gradym alguna vez poner un solo delantero y siete guardianes del medio campo? No lo habrían hecho porque eran honestos e inteligentes, pero también porque el público no lo habría tolerado. ¿Y los futbolistas? ¿Se imaginan la reacción de los capitanes Luciano Macías o Jorge Bolaños si les hubieran ordenado que lo primordial era defender, tirar la pelota fuera del campo, no pasar de la media cancha para que el arquero contrario disfrute de 90 minutos de vacaciones o hacerse los lesionados?

Y hablando de duelos, ¿saben ustedes cuándo nacieron esas confrontaciones individuales? En 1949 en Barcelona era inamovible como marcador de punta izquierda el Zambo Benítez, acompañante ideal por su rapidez y excelente técnica de otro gran zaguero de calidad y dureza: Carlos Pibe Sánchez y el fino y elegante Galo Papa Chola Solís. Cuando Enrique Baquerizo Valenzuela organizó el Torneo del Pacífico reforzó a Emelec con cuatro argentinos, uno de ellos un puntero zurdo alocado, driblador y de terrorífico disparo: Juan Avelino Pizauri, bautizado por la afición como el Loco. Benítez y Pizauri chocaron por primera vez el 1 de junio de 1949. Benítez tenía fama de bronco y mal genio, pero Pizauri no se quedaba atrás. El primer contacto entre ambos hizo salir chispas del césped del Capwell. El Loco intentaba un firulete y el Zambo le caía con fuerza. Pizauri volvía a intentarlo y Benítez se iba poniendo más bravo. Boanerges Cevallos, el gran árbitro manabita que hizo su carrera en Guayaquil hasta convertirse en el mejor del país, les llamó la atención, pero era imposible calmar la refriega. El Capwell era escenario de una verdadera batalla hasta que Cevallos dijo basta y los expulsó del campo, Fueron los primeros expulsados en la historia del Clásico del Astillero. El 30 de diciembre de ese año jugaron el último partido del duelo. Benítez sabía que era el partido de despedida de su encarnizado rival. La película fue la misma: choques, provocaciones entre ambos, dribles intentados por el alero argentino y marca implacable del Zambo. Cuentan los testigos que Benítez fue a los tobillos de Pizauri y este avanzó rengueando a enfrentar a Sánchez. “Tranquilo, Pibe, que te lo mando herido”, gritaba Benítez. El Loco se enfureció e intentó liarse a golpes con su marcador. Ambos se fueron expulsados. Ese fue el telón del gran duelo que adquirió tonalidades épicas.

Omar Cáceres fue el primer extranjero que jugó en el Clásico del Astillero. Provenía de Argentina y Enrique Moscovita Álvarez me contó que no vino a jugar fútbol sino que consiguió un puesto en la Empresa Eléctrica. Después se enteró de que había un equipo de fútbol y se ofreció para jugar, con buenos resultados. Solo estuvo en Emelec en la temporada de 1948. Cáceres debutó en Emelec el 25 de abril de 1948 con un empate a 2 ante América de Ambato. Ese día la delantera formó con Hugo Puñalada Villacrés, Cáceres, Marino Alcívar, Víctor Aguayo y José Luis Mendoza. Al día siguiente, El Telégrafo comentó así su debut: “Cáceres resultó un elemento de excelentes condiciones, de oportunas intervenciones y efectividad en el pase, lo que permitió a sus compañeros cristalizar jugadas. La ausencia de él en el segundo tiempo, debido al agotamiento, debilitó en parte la potencialidad del cuadro”. Luego se fue a su tierra y nunca se supo más de él.

La primera goleada de los Clásicos se la propinó Emelec a Barcelona el 1 de septiembre de 1948 al ganar 3-0. La denominación de Clásico del Astillero nació ese día en la crónica previa y la inauguró EL UNIVERSO. Los toreros, con la sangre en el ojo, se desquitaron 20 días después en un partido amistoso por la Copa Pedro Foncea al vencer 5-1. El milagreño Guido Andrade, alero zurdo del Quinteto de Oro de Barcelona, tiene una gran historia. El 8 de septiembre de 1951, con el arbitraje del uruguayo Luis Fernández, Barcelona y Emelec jugaron el primer Clásico en el Torneo Oficial Profesional de primera división. El Capwell registraba el más grande lleno de la historia de estos partidos cuando Emelec salió a la cancha encabezado por un joven arquero, Alfredo Moreira. Defensores eran el argentino Manuel Collar y el uruguayo Luis Alberto Pérez Luz y en la media Chinche Rivero, el argentino Francisco Croas y un debutante que viviría los mejores momentos del inicio del profesionalismo: Bolívar Herrera. Adelante alineaban la nueva contratación argentina Orlando Larraz, Mariano Larraz, Luis Masarotto, Júpiter Miranda, sustituido por el juvenil Carol Farah, y Óscar Curcumelli. Barcelona presentaba su alineación habitual con Jorge Delgado; Benítez, Sánchez y Solís; Heráclides Marín y César Solórzano (Fausto Montalván); José Jiménez, Pajarito Cantos, Mocho Rodríguez, Pelusa Vargas y Andrade.

El encuentro se planteó con clara ventaja para Barcelona, cuya delantera tejía endiabladas combinaciones. A los 32 minutos Jiménez cruzó el balón para Guido Andrade, quien, de sobrepique, lanzó un balonazo que venció a Moreira para poner el primer tanto de la historia profesional. A los 47 el Mocho Rodríguez abrió el compás para que recoja Jiménez el esférico y marque la segunda diana. A los 70 descontó Orlando Larraz, pero el Negro Jiménez volvió a hacerse presente en la pizarra para poner el 3-1 del triunfo torero en el primer Clásico oficial de la nueva era del fútbol porteño. (O)