CARLOS YCAZA-ESTRADA
carlos_icaza_estrada@hotmail.com.- La noche del viernes, el Teatro Centro de Arte (TCA) celebró sus 25 años con un concierto de la Orquesta Sinfónica de Guayaquil (OSG), con el joven pianista Andrés Añazco como solista invitado. Añazco nació en Machala y lleva ya seis años estudiando en Austria. Ha trabajado con pianistas de renombre internacional como Pierre Laurent-Aimard y Paul Badura-Skoda; se ha presentado en el famoso Musikverein de Viena, y como acompañista en el Carnegie Hall de Nueva York.

El maestro Davit Harutyunyan dio un corto discurso agradeciendo el apoyo que la OSG ha recibido del TCA, y dio inicio al programa con una bella interpretación del Suite Masquerade de Kachaturian. Le siguió el maestro Patricio Jaramillo –quien dirigió la orquesta el resto de la noche– con una danza de la ópera La Vida Breve, de Manuel de Falla.

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Después de una corta pausa entró Andrés Añazco al escenario para tocar el Concierto para piano no. 5 en mi bemol mayor de Beethoven. Escuchando la interpretación de Claudio Arrau, acompañado por la Concergebouw de Amsterdam bajo la batuta de Bernard Haitnik, entre otras grabaciones, lo que más se distingue en esta obra es una exuberancia que rebosa junto con una alegre pasión; es el espíritu del compositor que cerró su última sinfonía con la inocente Oda a la Alegría de Schiller.

Algo de este espíritu se pudo detectar en la interpretación de Añazco, Jaramillo y la OSG, pero, lastimosamente, esta dejó mucho que desear. Ya en el segundo movimiento, el adagio un poco mosso, se podía reconocer que Jaramillo estaba imponiendo el tempo, ya que antes que un adagio, sonó como un rápido e impaciente allegro. Añazco no parecía preparado para esto, y por lo tanto, su articulación sufrió; en la recapitulación del segundo tema del primer movimiento incluso cometió una serie de muy disonantes errores. El tempo de Jaramillo, tan apropiado para la danza que precedió al concierto, generalizado aquí terminó produciendo frases apuradas, reacias a permanecer en la memoria, carentes de sentimiento. Sin el conocimiento de interpretaciones como la de Arrau, por sí solo el rápido tempo de la pieza daba una impresión superficial de gran virtuosismo. Así pues, al finalizar la obra, el público agradeció de pie con un fuerte aplauso (a pesar de que fueron numerosos los casos de celulares que sonaron durante la presentación). Solo queda esperar otra presentación de Añazco en circunstancias más favorables. En la segunda parte del programa, que fue la que más brilló, la orquesta tocó unas danzas del ballet Estancia, del argentino Alberto Ginastera, que fueron opacadas por el Andarele del esmeraldeño Julio Bueno, por su orquestación y temas más variados, y por su mayor polifonía. Pero fue el famoso Huapango, del mexicano José Moncayo, el que cerró la noche de la mejor manera, retratando con un genio incomparable y una alegría irresistible las tradiciones musicales mexicanas.