La semana pasada escribí sobre la provincia de Imbabura. Lo descrito fue una síntesis forzosa, demasiado breve. Sin embargo, espero haberles contagiado las ganas de viajar a esa provincia dotada por el Creador de innúmeras bellezas naturales. Ríos, montes, nevados, lagunas, una campiña fértil y gente muy laboriosa, sana y amable. ¿Qué más se puede pedir?
El pasado tres de noviembre, veinte viajeros, entre familiares y amigos, llegamos a las cuatro y media de la tarde a Cochasquí para encontrarnos con la mala noticia de que era imposible iniciar un recorrido porque el último había salido a las cuatro; la visita dura dos horas y esto significa que a las seis de la tarde, no más tarde, por seguridad, los turistas deben haber regresado. El reglamento se respetó a rajatabla, nadie nos quiso hacer una excepción; esto habla muy bien de la organización de este sector. Tras muchos ruegos, algunos lastimeros, obtuvimos que en el sitio de entrada, sin movernos, a través de una maqueta y un museo bien dotado y organizado, obtuviéramos una explicación precisa y detallada del complejo Cochasquí, dejando para otra ocasión la caminata para conocer en detalle estas ruinas que en nada se parecen a otros vestigios de antiguos asentamientos en diversos sitios de nuestro Ecuador.
Para mayor información, amigas y amigos, sírvanse de Mr. Google, mi querido asesor emergente, abran las páginas allí depositadas, interesantes y bastante completas. Un adelanto, de la misma fuente: Cochasquí es un complejo arqueológico situado, aproximadamente, a 65 kilómetros de Quito; se accede por la carretera Guayllabamba-Tabacundo-Cayambe; pertenece al cantón Pedro Moncayo de la provincia de Pichincha. Estas ruinas están situadas a 3.100 m de altura; 84 hectáreas forman el complejo. En su interior se encuentran 15 pirámides truncas construidas con bloques de cangahua, restos volcánicos extraídos de las montañas cercanas; nueve pirámides, de entre ellas, tienen accesos mediante rampas; se encontraron también 21 tolas; lo curioso es que este complejo está sobre la línea ecuatorial (0º, 3’ 35’’), en el territorio caranqui, y fue creado y habitado por los caras, luego por los incas, a pesar de la larga y fuerte resistencia de este pueblo dirigido por la sacerdotisa Quilango. En 1988, el Consejo Provincial de Pichincha lo declaró Parque Arqueológico.
Max Uhle dice que fue un complejo ceremonial; otros afirman que también pudo ser residencial, estratégico y astronómico. Se habla de una visión, desde las pirámides, de 240 grados, ubicación que permite divisar con extremada claridad Quito, el Panecillo, los Pichinchas, las Puntas, el Cotopaxi, el Cayambe y los Ilinizas.
Dos entradas, que a su vez son salidas, tiene el complejo. El camino de acceso es malo; un empedrado irregular y desarmándose, por viejo y descuidado. La química entre el prefecto de Pichincha y PAIS puede ser una ocasión para que este complejo brille, el acceso sea fácil y muchos turistas nacionales y extranjeros puedan visitar esta reliquia del pasado y su museo. Por esta ruta se accede también a las lagunas de Mojanda, una joya incrustada en nuestra cordillera. Buen viaje.
“La Puntilla de Santa Elena es una joya que debe brillar”.









