Ricardo Bohórquez
“Hago un ejercicio de contramirada, cosas como las barcazas del malecón o las estatuarias ya no existen”.
Ricardo Bohórquez apunta la mirada a través de su lente Nikon y ‘clic’, dispara. Pero la fotografía no solo se trata de ello, dice el artista de 45 años, quien concibe de una forma particular los retratos y espacios de Guayaquil.
En 1999, Bohórquez decidió dejar su profesión como arquitecto para meterse de lleno en el arte de las instantáneas. Vivía en el centro de la ciudad, al igual que ahora, y día a día palpaba firmemente los cambios que se iban produciendo con la regeneración urbana de Guayaquil, algo que, según él, no se estaba documentando ni cuestionando.
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“Lo que yo veía es que había unos cambios y que nadie decía nada. Es decir, teníamos 80 años de historia en el malecón, que fueron eliminados y reemplazados por un diseño burdo realizado a control remoto”, señala el fotógrafo de manera crítica.
La forma en cómo los espacios públicos han sido apropiados también es algo que lo inquieta y anota que tradiciones como la comida, la gente y la cultura se van eliminando en ese imaginario de la regeneración. “Si me dices que hay un lugar de encebollado en el Malecón 2000 o un lagartero, yo me retracto”, dice este hombre que se dedica a la fotografía artística y como freelancer a la publicitaria.
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Desde el 2004 comenzó a trabajar para reportajes turísticos en revistas y agencias de viajes. Asegura que en ese momento comenzó a indagar sobre los personajes de la ciudad y de la Costa ecuatoriana. Pero teñido por su pasado, su foco está principalmente en la arquitectura. Con sus imágenes rescata edificaciones del Guayaquil antiguo, pero también del moderno.
Una contramirada es la que realiza Bohórquez para visibilizar aspectos ocultos de la ciudad. Considera que el centro de Guayaquil es un espacio vacío y así, lotes, muros, terrenos abandonados y edificios deshabitados son algunos de los escenarios de su trabajo que evoca también sentimientos de nostalgia y memoria, con un fin estético.
Édgar Calderón
“Mientras exista al frente ese pulmón verde que se llama Santay, Las Peñas seguirá siendo un paraíso”.
Nació en Paute (Azuay), pero desde que pisó por primera vez el barrio Las Peñas en 1989 supo que quería vivir allí. Su sueño se cumplió y al año siguiente el pintor Édgar Calderón pudo mudarse a este lugar que, según él, tiene perfume de artistas y al cual asegura no quisiera dejar nunca.
Desde allí y cuando aún la regeneración urbana no había llegado al sector, este artista comenzó a plasmar en sus obras las escalinatas del cerro Santa Ana, una marca distintiva en su trabajo pictórico. “Siendo del barrio teníamos miedo de subir a una tienda que había más arriba, ahora sería en el escalón 60. No había alcantarillado, había basura e inseguros callejones sin salida”, describe Calderón sentado en el balcón de su taller, ubicado en la calle Numa Pompilio Llona. El paisaje del río y la brisa acompañan su relato.
Por esto, el artista trató de darle vida en sus cuadros al cerro y se anticipó a otorgarle una visión reformadora. “En mis obras le agrego unas torres, le pongo más luz, le agrego las tejas, que es una influencia de la arquitectura de la Sierra, los personajes siempre están subiendo”, explica el autor, que ha expuesto sus pinturas en Europa y recuerda la muestra en el Castillo de Sant’Angelo, en Roma, como la más importante. En este palacio, hogar del papa Clemente VII en el siglo XVI, expuso con otros artistas ecuatorianos, como Jaime Villa y Yela Loffredo.
Y aunque el arte costumbrista de sus escalinatas no es su única inspiración –Calderón también pinta cuadros abstractos y temas de migración–, indica que este tipo de trabajo refleja su amor hacia el barrio y ha servido para representar a Guayaquil.
Él considera que los cambios en Las Peñas fueron positivos. Pero no está de acuerdo con que el sector se esté llenando de bares, en lugar de mantenerse como el espacio innato de la política, la cultura y la historia de Guayaquil. Aún espera que Las Peñas se transforme más en ese París chiquito de galerías, espacios para música, literatura y tertulias, ya que destaca que el arte sensibiliza al ser humano.
Jorge Velasco
“Mi relación con la ciudad ha sido pacífica a veces, tormentosa en otras, nostálgica también... ”.
La musa mayor que me ha visitado es una ciudad y se llama Guayaquil. Me ha visitado en las noches, en las mañanas; en los momentos más angustiosos y en los momentos más felices de mi vida. Sin esa musa todo lo que he podido escribir no hubiera sido posible”. Esas son las palabras del escritor Jorge Velasco Mackenzie, un hombre que en sus líneas refleja los mitos de Guayaquil. Tiene 62 años, creció cerca del barrio El Astillero y ha escrito más de 20 libros. En su literatura, según dice, aparece el Guayaquil festivo, pero también el triste; muchas veces su presencia ha sido violenta y otras, nostálgica.
Su primera novela, El rincón de los justos (1983), quizás la más exitosa, expresa de manera casi poética las vivencias del barrio imaginario Matavilela. La extraña relación entre Fuvio Reyes y Leopoldina, quien lo seduce por las noches; el amor en un bar de ‘El Diablo’ hacia la camarera Narcisa Martillo; el rencor y el orgullo entre los vecinos, y las acciones en nombre de la fe cristiana.
Se trata de una novela sobre los sectores marginales de Guayaquil de fines de los años setenta. Y aunque el autor aprecia que este sea su libro más celebrado por los lectores, dice amar Río de sombras (2003).
“Aparece un personaje angustiado que se ha enterado de que iba a producirse un eclipse. Y estaba tan alucinado que creía que su ciudad se iba a destruir. Él se encontraba en Puná y regresa en un barco porque quiere desaparecer con Guayaquil”, cuenta Velasco Mackenzie, sobre esta obra que considera autobiográfica, aunque apocalíptica.
Este escritor, galardonado con el Premio Nacional de Novela, entre otros, vive en Playas desde hace tres años por motivos personales, pero manifiesta que siempre intenta volver a la única ciudad donde podría vivir tranquilo. Sin embargo, revela que al enfrentarse a la versión moderna de Guayaquil, siente una inmensa nostalgia por la de antes, más barrial y llena de vitalidad.