Toda la semana, la familia era solo trabajo. Pero el domingo, luego de misa, la casa de Susana Baca se llenaba de tíos, de primos. Su madre preparaba escabeche y luego de servirse ese plato hecho a base de pescado comenzaban a cantar. Sonaban las guitarras y otros instrumentos. Y la pequeña Susana, de piel negra, como todos los de su casa, dejaba de jugar con los primos, hacía un alto y se sentaba a escuchar esos cantos. “Una de mis tías tenía una voz como la de Aretha Franklin”, rememora Susana, ahora de 68 años y una de las artistas peruanas más reconocidas. La suya era una parentela muy musical.
Con su canto, Susana pone en valor la herencia africana que lleva en la sangre, la memoria que le transmitió la familia, la tradición oral de la que se llenó en sus recorridos por las comunidades negras de la costa peruana, las vivencias que palpó en su trabajo de maestra de pequeños pueblos. Proviene de una familia de campesinos, que se dedicaban al cultivo del algodón, algunos de los cuales emigraron a la ciudad, donde laboraron como choferes, los varones, o domésticas, las mujeres.
Su madre, dice, llegó a ser una gran cocinera. Refiere que si viviera, cocinarían juntas y disfrutarían de la gastronomía que su progenitora tanto dominaba. Lo comenta en Guayaquil, ciudad que visitó por segunda ocasión. Participó el pasado jueves en el ciclo Grandes voces, en el Teatro Sánchez Aguilar de Samborondón.
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Ganadora del Grammy Latino en el 2002, en el apartado de folclor, por su disco Lamento negro, y segunda afrodescendiente en ser nombrada para un alto cargo público en Perú (fue ministra de Cultura del gobierno de Ollanta Humala, cartera que ocupó por cinco meses), Susana señala que viendo cantar a su hermanita, que era aún una niña, como ella, en un programa radial de aficionados, sintió que el escenario era también su lugar. “Fue como una revelación”, afirma la intérprete de Molino molero, Negra presuntuosa, entre otras melodías. Ella estaba sentada entre el público, junto a su madre y hermano.
Aunque poseedora de una linda voz, su hermana dejó de cantar porque no superaba el pánico escénico. Susana, en cambio, disfrutó desde siempre de la música, de la gente, y arropada por la certeza que tuvo ese día en la radio, asumió el canto, con el pasar de los años, como su espacio vital.
Entendió que debía hablar de la negritud cuando, según dice, se dio cuenta de la discriminación de los de su color, un hecho que asegura haber experimentado. Preguntó a su madre y a los tíos por sus ancestros. Así fue recomponiendo un pasado. Una voz. Una presencia.
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Ingresó a la universidad a estudiar Pedagogía, y conoció a un historiador que poseía una colección de música africana y afroperuana, que ella escuchó toda. Pronto esos sonidos se fundieron con su historia.
Otro hallazgo, de los muchos que han cimentado su carrera, fue su encuentro con el sociólogo boliviano Ricardo Pereira, quien salió de su país en la época de la dictadura y llegó a Perú. “Por entonces, Susana era profesora en los pueblitos más pobres, y cantaba como una manera de liberarse. Poco a poco nos fuimos juntando”, relata Pereira, hoy su esposo, productor musical, manager y compañero de investigaciones.
A partir de esa reunión, narra él, ella fortaleció las esquinas que no se tomaba muy en serio. Emergieron la investigadora y la cantante a tiempo completo que ahora es. La artista que realiza giras internacionales, sobre todo por Europa, donde su canto es aplaudido. Hace poco regresó de una gira por los países árabes.
Ahora, tras su paso por el Ministerio de Cultura de Perú, periodo al que ella le llama, con humor, el tiempo de la locura, por el trabajo y también por las críticas que enfrentó (fue cuestionada porque salió al exterior a cumplir con compromisos artísticos), alista tres discos y tres libros. Uno de ellos es sus memorias, al que ha titulado Lo que aprendió la cantante. Es memoria en el sentido que contará sus vivencias, pero no tendrá una estructura cronológica. Escribe, refiere, para ordenar sus recuerdos antes de que llegue el olvido. Y, asimismo, porque hay aspectos que desea abordar. Uno de estos, su paso breve por el Ministerio de Cultura. “Lo que me molesta es que la gente piense que un cantante, un artista, no es capaz de ser ministro”, señala, mientras ingiere una papaya y cuenta que está a dieta por salud.
Otro libro, que incluye además un disco, recoge el material de su retorno, luego de 25 años, a las comunidades negras peruanas. Hace más de dos décadas, junto con su esposo, recorrió todo el perfil costero y de ese periplo surgió la producción Del fuego y del agua. Su intención ahora era constatar qué había pasado en ese lapso con las poblaciones afroperuanas. Sostiene que halló un fuerte mestizaje, por los cruces étnicos, pero que aún quedan algunos ancianos con sus tradiciones orales y el saber ancestral. Ella lo ha documentado.
La artista destaca como sello distintivo de la música negra su capacidad de ejecutar diversos ritmos al mismo tiempo. “Esa polirritmia que tienen los africanos, la hemos heredado y jugamos con eso”, refiere. Pero señala que hay que tener cuidado al transmitirla. Las líricas recogen las historias de sometimiento, acompañadas con ritmos diversos, que quizá se pueden confundir, en algún instante, con una celebración. Susana cree, por ello, que la forma en que se asumen las canciones, cómo se las interpreta, es decisivo. Definitorio.
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“Para mí es realmente fundamental transmitir. No podemos desvirtuar una esencia”, relata esta mujer, que a sus 68 años, y con una diabetes, sigue vital, difundiendo su herencia musical. Y disfrutando de las canciones, como cuando era niña y su familia se reunía para cantar, luego de una semana de intenso trabajo. Tan intenso tal vez como el de María Landó, una de las canciones que ella interpreta, y que es de Chabuca Granda, otra de las personas clave de su vida: “María solo trabaja, solo trabaja. María solo trabaja, y su trabajo es ajeno”.
Datos
Susana Esther Baca de la Colina nació en Lima el 24 de mayo de 1944. Es cantante, compositora, investigadora de la música afroperuana y maestra. Se desempeñó como ministra de Cultura del Perú desde el 28 de julio del 2011 al 10 de diciembre del ese año.
Las letras de sus canciones provienen del folclor afroperuano, pero algunas se basan también en poemas de Pablo Neruda, César Vallejo y otros escritores latinoamericanos.
Con el decimero afroesmeraldeño Papá Roncón grabó el disco De la misma sangre, que presentó el año pasado en Quito y Esmeraldas.



















