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Si todos 'tuviéramos' Asperger

Christopher Boone tiene 15 años 3 meses y 2 días de edad. Le asusta el contacto físico y no entiende ni le interesan los afectos de los demás. Exige la verdad y le disgustan las metáforas, a las que considera “mentiras” porque consisten en decir una cosa en lugar de lo que realmente se quiere decir. Asiste a una escuela de niños especiales junto con niños autistas y otros con retardo mental. Rechaza la relación social con chicos de su edad, le angustia lo nuevo y lo extraño y se tranquiliza inventando y resolviendo problemas matemáticos. Exige que todo permanezca igual. No entiende los chistes ni el lenguaje gestual. Tiene un talento excepcional para las matemáticas. Quiere ser astronauta. Admira a Sherlock Holmes e intentará descubrir quién mató al perro de su vecina.

Christopher es el personaje de la novela El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon. El texto –que tiene forma de relato– intenta penetrar en el funcionamiento afectivo y mental del protagonista, al que cualquier psiquiatra diagnosticaría como afectado de “trastorno de Asperger”, antes de media novela. Se trata de un cuadro clínico de origen aún desconocido, que se expresa tempranamente por severas dificultades en las relaciones sociales (falta de interés, evitación del contacto físico, visual y gestual, incapacidad para compartir diversiones, incomprensión del lenguaje gestual, ausencia de reciprocidad y empatía), comportamientos estereotipados, rituales obsesivos; no hay retardo del lenguaje ni deficiencia intelectual, incluso algunos pueden ser muy inteligentes o muy dotados para las matemáticas o la lógica. Hay autores que lo consideran una forma leve de autismo. No hay tratamiento específico, aunque la psicoterapia puede ayudar a muchos y a sus familias.

El trastorno de Asperger no es algo que “se tiene” como una infección o un tumor. Es una forma de desarrollarse y de ser y estar en el mundo y frente a los demás. Obliga a las familias de estos niños a desplegar habilidades especiales para ayudarlos a vivir en sociedad y a ser independientes. Aunque no es realmente una enfermedad, resulta interesante el ejercicio de imaginar cómo sería el mundo si todos “tuviéramos” Asperger. Tendríamos serias dificultades en nuestra vida amorosa y social; cada uno sería un universo de significados propios encerrado en sí mismo; no disfrutaríamos de los chistes ni de la poesía, porque ambos utilizan metáforas; tendríamos una existencia monótona y carente de placer; seríamos excesivamente lógicos y racionales, y no podríamos mentir.

Quizás una sola ventaja nos compensaría frente a una vida afectiva tan austera. Podríamos prescindir de nuestra clase política, porque encontraríamos a todos sus representantes mentirosos, ilógicos, peligrosos y deshonestos. Desviaríamos el dinero que malgastamos en sostenerlos hacia mejores fines: ciencia, investigación, educación, vivienda, alimentación y salud. No necesitaríamos elecciones a cada rato ni cadenas nacionales gubernamentales en los medios. Encontraríamos innecesaria cualquier pugna entre los gobiernos y la prensa, porque habría mayor facilidad para definir y consensuar lo verdadero, en función de su consistencia lógica. No requeriríamos tantos ministros, ni subsecretarios, ni mucha burocracia estatal. Pero sobre todo, elegiríamos como líderes a los más capaces, coherentes y apegados a la verdad, y no a los más seductores, habladores, gesticuladores y amantes del poder.

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