EL CAIRO |

Justo cuando se pensaba que la insurrección egipcia se estaba extinguiendo, más egipcios que nunca esperaron en largas filas para entrar a la plaza Tahrir y pedir al régimen del presidente Hosni Mubarak que se vaya. Una de las razones por las cuales son tan largas las filas es que todos tienen que pasar por un embudo, a través de un único e improvisado retén del ejército egipcio, que consiste de un tanque de fabricación estadounidense, de un lado, y alambrada de púas, del otro. Nunca puedo distinguir si el tanque está ahí para proteger a los manifestantes o para limitarlos. Y ese pudiera ser el interrogante de mayor importancia en Egipto actualmente: ¿De qué lado está el ejército?

Justo en estos momentos, el respetado ejército de Egipto se mantiene neutral –protegiendo tanto el palacio de Mubarak como a los revolucionarios en Tahrir–, pero eso no puede durar. Este es un ejército popular. Los generales tienen que prestar atención a la dirección en que el pueblo se está dirigiendo; y este martes fueron tantos los egipcios que votaron con sus pies por ir a la plaza Tahrir, que un amigo mío dijo: “Era como estar en el ‘hajj’ en la Meca”.

El ejército podría apoyar a Mubarak, cuya única estrategia al parecer consiste en ganar tiempo y esperar que la revuelta se fisure y se extinga gradualmente. O las Fuerzas Armadas podrían darse cuenta de que lo que ocurre en la plaza Tahrir es la ola del futuro. Y, por tanto, si quieren preservar los extensos privilegios del ejército, obligarán a Mubarak a que se vaya de vacaciones y establezca al ejército como el garante de una transición pacífica hacia la democracia; lo cual podría incluir la formación de un gabinete de unidad nacional que redacte una nueva constitución y, con el tiempo, celebre nuevas elecciones, una vez que se hayan formado nuevos partidos políticos.

Espero que sea esto último, y espero que el presidente Barack Obama esté presionando al ejército egipcio en esa dirección como lo hace mucha gente aquí. Para que eso se vaya desarrollando, tanto el ejército egipcio como el equipo de Obama tendrán que leer lo que está ocurriendo en la plaza Tahrir a través de una nueva lente. Mubarak quiere que todos crean que esto es Irán en 1979, pero simplemente no se siente así. Esta insurrección transmite la sensación de que está más allá de ideologías.

El levantamiento de la plaza Tahrir “no tiene nada que ver con izquierda o derecha”, notó Dina Shehata, investigadora en el Centro Al-Ahram de Estudios Políticos y Estratégicos. “Es sobre personas jóvenes que se rebelan en contra de un régimen que ha cerrado todos los canales para su movilidad ascendente. Ellos quieren moldear su propio destino y quieren justicia social” de un sistema en el cual pocas personas se han vuelto fantásticamente ricas, en gigantescas villas, y todos los demás se han estancado. Actualmente, perderá cualquier grupo ideológico que intente secuestrar a estos jóvenes.

Uno de los mejores análisis de lo que ocurre aquí está en un libro del 2009, bajo el título de Generación en espera, editado por Navtej Dhillon y Tarik Yousef, el cual estudió la forma en que los jóvenes están alcanzando la mayoría de edad en ocho países árabes. En él se arguye que el gran juego que se desarrolla en el mundo árabe no tiene nada que ver con el islam político, sino más bien es un “juego generacional”, en el cual más de 100 millones de jóvenes árabes están presionando en contra de sofocantes estructuras económicas y políticas que los han despojado de todas sus libertades, dándoles a cambio uno de los sistemas educativos más deficientes del mundo, mayores tasas de desempleo y mayores desigualdades en ingresos. China priva a su pueblo de derechos políticos pero, cuando menos, les da un nivel de vida cada vez mejor. Egipto privó a su pueblo de derechos políticos y les dio un nivel de vida cada vez peor.

Es por esto que esta revuelta es principalmente sobre un pueblo harto de que lo pasen por alto en un mundo donde puede ver tan claramente cuán lejos han llegado otros. La buena noticia es que los egipcios saben dónde están y no quieren perder un solo día más. El lado triste de la noticia es que será muy difícil ponerse al día.

El mundo árabe hoy día, me comentó ElBaradei, líder de la oposición egipcia y laureado del Nobel, es “una serie de estados fallidos que no aportan nada a la humanidad o la ciencia” porque “a la gente no le enseñaron a pensar o actuar, y le dieron una educación inferior de manera consistente. Eso cambiará con la democracia”. Desatará todo el talento de esta notable civilización.

De hecho, no causa sorpresa que el portavoz que va surgiendo para esta insurrección sea Wael Ghonim, ejecutivo de márquetin de Google, de nacionalidad egipcia. Abrió una página de Facebook bajo el título ‘Todos somos Jaled Said’, por el activista presuntamente asesinado a golpes por la policía en Alejandría. Además, esa página contribuyó a desatar las primeras protestas aquí. Ghonim fue secuestrado por oficiales de seguridad egipcia el 28 de enero, liberándolo el lunes de esta semana. Por la noche del mismo lunes ofreció una emotiva entrevista por televisión que inspiró a que mucha más gente viniera a la plaza el martes. Y cuando habló ahí en la tarde, expresó la verdadera esencia de esta insurrección.

“Este país, lo he dicho desde hace ya largo tiempo atrás, este país es nuestro país, y todos tienen derecho a este país”, declaró Ghonim. “Ustedes tienen una voz en este país. Este no es el momento de ideas en conflicto, o facciones, o ideologías. Este es el momento en el que debemos decir una sola cosa, ‘Egipto está por encima de todo lo demás’”.

Eso es lo que vuelve tan interesante a esta revuelta. Los egipcios no están pidiendo Palestina o pronunciándose por Alá. Están pidiendo las llaves de su propio futuro, mismas que este régimen les arrebató. No están inspirados por “Abajo” Estados Unidos o Israel. Los inspira “Arriba Egipto” y “Arriba yo”.

© 2011 The New York Times News Service.