Pocos días quedan para apreciar la muestra Eduardo Solá Franco, el teatro de los afectos. El Museo Municipal de Guayaquil ha sido generoso para poner en escena la obra del artista guayaquileño, sin dudas, una cuenta pendiente de la historiografía artística nacional.

Identificado por cierta crítica con apelativos como “decadente” o “aberrante”, a Solá le tocó crear en un escenario blindado para sus preocupaciones existenciales y sus lenguajes percibidos como “europeizantes”.

Desmarcado del cariz militante y nativista del realismo social que en los años cuarenta tomaba las riendas de la institucionalidad cultural, y ajeno también a las pretensiones estéticas que más tarde celebraran en el precolombinismo, el arribo de un lenguaje propiamente latinoamericano, Solá rumió en solitario su reticencia a estas vastas e influyentes orientaciones artísticas y se enfrentó a la ingente tarea de dar cuenta de sí mismo.

La muestra es prolija en este sentido. Una acuciosa investigación de los curadores Pilar Estrada y Rodolfo Kronfle respalda lo que puede percibirse como el diferendo que el artista tuvo con su medio “ese lugar donde nací desprovisto de historia y esplendor” (Solá).

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Lo interesante es constatar a partir de cuidadas relaciones entre textos diversos potenciadas en el plano museográfico, que se trata de una amarga experiencia de intolerancia.

Pocas veces en nuestro plató cultural contamos con una exhibición abundante en bienes (90 obras, 10 filmes) que esté tan eficientemente agarrada a nivel conceptual. La excedencia es aquí agradecida; se justifica por la complejidad de los vínculos que el artista entabló con la tradición cultural occidental, por su extraordinario afán creador volcado en dominios como el cine, el teatro, la literatura..., por su ansiedad de comunicar de manera elocuente y majestuosa el malestar que le provocaba un mundo en su perspectiva habitado por la injuria, el interés y la decadencia de los que consideró ideales de una espiritualidad fundante.

Considerado el artista más cosmopolita del siglo XX en el país, la exposición se explaya en mostrarnos a un hombre motivado por dar imagen a cada encuentro, a cada estancia. Su capacidad para el dibujo dimanada de una sostenida práctica de la ilustración, el collage y un desempeño impresionante en la acuarela, dejan impronta indeleble en esos diarios presentados sabiamente en formato digital. Esta pieza, cuyas dimensiones expresivas y significantes son invaluables, merecería ella sola un disfrute detenido.

El teatro se adueña de un importante segmento de la curaduría: hábil metáfora de un corpus artístico donde pareciera que la pintura sucede “en escena”; cinco actos en los que las intensidades de la trayectoria artística de Solá pueden ser percibidas por medio de una diestra selección de piezas y complementos textuales que aportan al deslinde de los profusos vínculos existentes entre vida y obra del artista. Constatamos aquí, el desinterés de Solá por las problemáticas estéticas del modernismo, su pasión por la alegoría, la recurrencia erudita a los mitos y a trasfondos religiosos en los que asoma su mentalidad heterodoxa.

Se trata de una trama densa que luciendo particular esplendor en la pintura, adquiere aun más condumio en diálogo con la cautivante y enigmática filmografía –un mérito rotundo de la muestra es haber sacado a la luz tan precioso legado–. Los poemas son también ese toque que al ubicarse en el lugar preciso redondean la imagen de una personalidad atormentada, sumergida en el acto creativo.

En este teatro de los afectos se esboza ya, el Solá de los “encuentros imposibles”, ese en el que aflora conflictivamente la tensión homoerótica.

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El ambiente saturado de la sala donde se exhiben estremecedores retratos es el marco idóneo para mostrarnos los vericuetos de un artista que ha logrado consolidar en el artificio de la pintura su deseo.

Cuestión de criterios, a esta exposición podría situarle en alguno que otro punto un llamado de atención sobre su economía, quizás algunas redundancias y excesos de ilustración que interceden en la experiencia de las obras, cierta batalla con una iluminación confrontada con los brillos del cristal o el óleo.

El saldo, sin embargo, es alucinante; una experiencia a la vez dolorosa y excelsa que deja más de una lección al tiempo que vivimos.

Apuntes
La muestra estará abierta hasta el sábado, de 09:00 a 17:30, en las salas Polivalente, de Exposiciones Temporales y de Arte Contemporáneo del Museo Municipal (Sucre entre Pedro Carbo y Chile).

Hoy, a las 17:00, en el museo se proyectan filmes cortos de Solá Franco. Ingreso libre.