Transgresora. Eso es en una palabra la película  Irina  Palm, cinta británica del director alemán Sam Garbarski. El largometraje explora las representaciones del sexo, lo mítico, escabroso y terriblemente  hipócrita que se teje alrededor del tema de la sexualidad en la tercera edad. El puritanismo frente al sexo por dinero, la doble  moral, lo socialmente correcto y los límites cerca del abismo frente al amor o a la necesidad. El término Glory Hole señala, en la práctica de la homosexualidad, el agujero  que comunica una cabina de sex shop con el cliente. Garbarski no mira por el hueco al otro lado de la pared, cruza el muro y lo rompe, para  develar lo que se esconde tras el anonimato de un hoyo.  Y lo hace, no precisamente desde la simpleza del morbo, sino desde lo intrincado de la mirada moralista de la sociedad, la familia, los hijos y el amor que triunfa frente al dinero o la muerte. Desde el centro del tornado  Garbarski encumbra el pilar para su película no solo en la trama o el excelente guión, también lo sitúa en el protagonismo concedido a una actriz  como Marianne Faithfull (María Antonieta, de Sofía Coppola, y  Paris je t'aime, en el capítulo Le marais, dirigida por Gus Van Sant), ex novia de Mick Jagger, y una de las beldades femeninas más reconocidas de la década de los sesenta,  quien ahora se convierte en Irina Palm, una gurú de la masturbación masculina, para seguir sorprendiéndonos y dando cátedra de lo que debe ser una buena actuación, creíble, madura, sólida.  La  Faithfull seduce  con una belleza singular y muestra lo polifacética que puede ser una  actriz, entrada ya en carnes y en años.

El director explora además esa posibilidad que tiene el amor de esconderse en los lugares más inverosímiles, de maravillar a quien lo siente a pesar de la mirada de los otros y de permitirse “locuras” y rebeldías frente a la sociedad.  Una película áspera, de difícil digestión, cruda, dueña de un humor negro escalofriante, con espléndidas actuaciones.

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En fin, una película no solo recomendable, sino digna de verse, admirarse, que sirve para el deleite, para desempolvar emociones, para pensar en lo periférico, en los tabúes sociales y en nuestra sociedad, aún arcaica de ideologías, pese a que se marca el  siglo XXI.