Encerrar en nuestro corazón ofensas, agruras, disgustos, tristeza, procacidad, envidia solo provoca intoxicaciones del alma. Nada se parece tanto al amargor del vino como la amargura del alma, al dulzor de la miel la dulzura del corazón. Empollar el rencor autodestructor es como beber cada día una pequeña dosis de veneno. Perdonar significa recobrar la paz interior, dejar de rumiar el pasado, reconocer las cualidades de los demás sin experimentar acrimonia. Es verdaderamente noble quien sabe admirar a un adversario.
Perdonar es cicatrizar la memoria. No duele tocar una sutura una vez que se haya desinflamado, más resulta lastimador rozar la herida abierta. Perdonar es imponer el amor, devolver bien por mal sin experimentar superioridad sino quietud, paz del alma, sensación de acierto. Pero debemos primeramente reconocer la profundidad de la herida. Las hay ligeras –más bien a aquellas me refiero en el presente artículo–, pero también están las profundas, aquellas que pueden doler a lo largo de toda una vida. A veces el perdón supone una verdadero heroísmo, incluso existe la imposibilidad de lograrlo. ¿Perdonaríamos a quien violase a una hija nuestra o matara a un ser querido?
Pero no considero tanto aquellos casos extremos sino las diarias situaciones que no sabemos enfrentar, los enojos estériles, los disgustos inútiles, todas aquellas circunstancias en que nos sulfuramos por pequeñeces, poniéndonos de hocico, enarbolando cara de poco amigo. Sigo pensando que las cuatro palabras más importantes en cualquier idioma son “te amo” y “lo siento”. Obviamente la infidelidad provoca situaciones tensas en las cuales el perdón se vuelve casi un acto de heroísmo. Se resquebraja la unión y muchos matrimonios sumamente unidos han naufragado en un solo desliz. Las parejas realmente sólidas logran en cambio sortear el temporal, arrancar sobre bases nuevas, mutua comprensión. No puede jamás ser perfecta la unión de dos seres imperfectos. Devolver infidelidad por infidelidad puede lastimar mucho más que un diálogo a quemarropa. Los políticos, casi todos católicos, deberían rezar más a menudo el Padre Nuestro: “Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofendieron”. Quizás lo más importante no es aprender a perdonar sino a no ofender.
El Antiguo Testamento proponía devolver el mal por el mal (Éxodo 21-23) hasta que llegó el humanista Jesús con su revolucionaria propuesta: “Si alguien te abofeteare en la mejilla derecha, preséntale también la otra”. La ley del talión, así como el Código de Hammurabi provocaron la famosa frase de Mahatma Gandhi: “Ojo por ojo y todos acabarán ciegos”.






