El día que la película Tristana, de Luis Buñuel, se estrenó en París, el genial Salvador Dalí al observar en una de las portadas un plano general de la ciudad donde se rodó el filme solo atinó a pronunciar una palabra: ¡Toledo!
La exclamación, por supuesto, retumbó acompañada de un suspiro estremecedor del que años atrás dio fe el guionista francés Jean-Claude Carrière.
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El idilio entre Buñuel y esta ciudad amurallada se remonta a los años veinte. En marzo de 1923, el cineasta tras tener una “visión”, según sus propias palabras, fundó la Orden de Toledo, de la que se nombró condestable.
Amar a esta ciudad por sobre todas las cosas, emborracharse y vagar por las calles gritando versos o disfrazados eran algunas de las reglas establecidas para sumarse a esta cofradía que existió hasta el estallido de la Guerra Civil, en 1936.
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Entre sus caballeros figuraron Salvador Dalí, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Pepín Bello y otros amigos de la Residencia de Estudiantes de Madrid.
Tortilla, perdiz, lomo de cerdo y mucho, pero mucho vino acompañaban sus encuentros en las tabernas que los acogían en plena noche toledana. “Bromas, recuerdos compartidos, claves inocentes” de este periodo surrealista salpicaron algunas de las producciones cinematográficas de Buñuel. Tristana, rodada íntegramente en Toledo, constituye el mejor homenaje a esta ciudad imperial.
Para esa legión de turistas, sobre todo los más cinéfilos, que día a día se pierden a pie en sus laberínticas, irregulares, tortuosas y estrechas calles, casi todas empinadas, supone un reto ubicar los escenarios que aparecen en esta película de los años setenta.
Otro de los mayores reclamos de quienes recalan en la capital manchega lleva la rúbrica de El Greco y descansa en la iglesia de Santo Tomé. Domenico Theotocopoulos (Creta, 1541) pintó El entierro del conde de Orgaz entre 1586 y 1588, por encargo del párroco del templo, Andrés Núñez de Madrid.
Considerada por muchos como la obra maestra del artista, este óleo sobre tela pretendía conmemorar el triunfo del sacerdote en un pleito mantenido contra la villa de Orgaz, por el pago de un dinero establecido por El Conde a la parroquia.
La explicación, más detallada, aparece en una inscripción en latín y castellano colocada bajo el cuadro, donde lo terrenal y lo celestial aparecen íntimamente unidos.
No le faltó trabajo a El Greco en esta clerical ciudad. Suyos son los altares de la capilla de San José y la del Hospital de Tavera y obras que albergan el Hospital de la Caridad en Illescas o el Monasterio de Guadalupe.
El Museo de El Greco, cerrado en estos días por los trabajos de remodelación proyectados por el Ministerio de Cultura, fue creado por el Marqués de la Vega Inclán y abrió al público en el barrio de la Judería en 1911.
Maravillarse con los lienzos de este pintor es posible gracias a una exposición que hasta diciembre permanecerá abierta en la Real Fundación de Toledo. La muestra reúne un conjunto de cuadros fechados entre 1600 y 1614. Ícono infaltable, la Vista y Plano de Toledo.
Estampas como esta invitan a descubrir una ciudad altiva, emplazada en lo alto de un promontorio granítico de 97 hectáreas que el río Tajo, señorial como ninguno, esmalta por el este, el sur y el oeste, dibujando un semicírculo alrededor del peñón y labrando un estrecho valle.
Mosaico de culturas desde siempre, en Toledo convivieron pacíficamente, más de trescientos años, cristianos, musulmanes y judíos. Hasta la Reconquista. Poblaron sus calles y levantaron sus iglesias, mezquitas y sinagogas, construcciones que pese a sus diferencias no rompen una suerte de unidad arquitectónica que se respira en sus esquinas.
Muchas de ellas circundadas por un rosario de tiendas (hasta 10 en una misma calle) que ofrecen al caminante, sobre todo, espadas, muchas de ellas reproducciones de las armas que portaron El Cid, el Rey Arturo o Jaime I.
En los escaparates no faltan los damasquinados, ese arte decorativo que siguen cultivando los maestros artesanos, generación tras generación, y que consiste en rayar los metales como el hierro, el bronce, el acero o el cobre, introducir hilo de oro o plata en los surcos y a golpe de martillo cerrar las hendiduras.
El color negro de la base metálica de los platos, espadas, broches, joyas e, incluso, muebles se consigue gracias a un proceso de oxidación.
Sus casas con tejados que parecen tocarse esconden patios internos tapizados de azulejos con fuentes de agua.
Así es Toledo, Patrimonio de la Humanidad, una urbe con siglos de historia que comienzan a revelarse ante los ojos del visitante desde el instante en que se atraviesa la emblemática puerta de Bisagra, construida en la era del emperador Carlos V.
De origen árabe, la reconstrucción que se acometió en 1550 dio paso a un estilo más renacentista, pero conserva sobre dos torreones de mampostería el escudo de águila bicéfala de la época del monarca.
En este enclave fortificado durante la ocupación romana, solo la sacristía de la catedral, monumento insigne de la ciudad, constituye una verdadera galería de arte al albergar obras de El Greco, Rubens, Zurbarán, Goya.
Construida entre 1226 y 1492, la edificación reúne diversos estilos de arte: predomina lo gótico pero no se puede pasar por alto el aire renacentista del coro o el mozárabe de la capilla.
Hay que situarse en una de las doce elevaciones del peñón, a 548 metros, para contemplar el Alcázar. Sus cuatro fachadas pertenecen, cada una, a un estilo arquitectónico distinto.
Carlos V ordenó construir el edificio y varios fueron sus usos: morada de ex reinas viudas expulsadas de la Corte, cárcel de la Corona, cuartel militar de ejércitos propios y extraños, academia de infantería... Tres incendios provocados le dejaron en ruinas y uno fortuito le abocó a una destrucción casi total. Dos décadas tardó su reconstrucción.
Hoy, el Alcázar continúa coronando la ciudad. Imponente. Como es esta ciudad repleta de leyendas. Una de ellas cuenta el trasiego, años atrás, de las mujeres que acudían a depositar un alfiler en la hornacina de la Virgen ubicada en la calle Alfileritos a cambio de que aparezca el novio deseado.
De ahí el nombre de esta vía. Pero la tradición manda. Por eso, antes de abandonar esta ciudad resulta imprescindible tocar la campana de la ermita del Valle. Claro, si entre sus deseos está el pasar por el altar.
Comer en Toledo...una delicia
La herencia castellana pervive en la cocina toledana. En los últimos nueve siglos han predominado esas ollas opulentas de estofados o menestras. Como aperitivo es recomendable probar las bombas, unos pinchos que no son otra cosa que patata rellena o la carcamusa, un picante guiso de carne.
En días de primavera o verano, no hay nada mejor que un refrescante gazpacho, una sopa fría elaborada con agua, aceite, vinagre, tomates y pepinos. El afamado cocido de tres vuelcos, incluye sopa, garbanzos y carne, acompañado de verduras, salsa de tomate y encurtidos.
La mayoría de los platos derivan de la caza, de ahí que la oferta estrella de la gastronomía de esta ciudad sea la perdiz estofada; eso sí, lo ideal es que el animal tenga menos de un año.
En este catálogo de delicias destacan también el arroz a la toledana, el venado con setas o con peras, el tiznao de merluza, las truchas que llevan una preparación de vinagre, aceite, ajo y especias, las carcamusas (ternera desmenuzada o cerdo, guisada con tomate y algunos guisantes), el cochifrito (generalmente de cordero o cabrito, que después de guisado a medias se fríe en aceite, ajos, vinagre y especias) o la crema de cangrejos preparada en cacerolas de cobre.
A la hora de hablar de postres, el más emblemático es, sin temor a equivocarnos, el mazapán. Aunque no falta quien defiende a ultranza la teoría de que este dulce hecho de almendras y azúcar blanco en moldes de madera de haya o de castaño nació entre las cuatro paredes del Monasterio de San Clemente.
Lo realmente cierto es que detrás de sus orígenes se encuentran las manos árabes. El hecho de que sea blando y disponga de un gran poder energético permitía soportar los ayunos del Ramadán. El mazapán constituye, por tanto, una muestra más de la convivencia entre judíos, musulmanes y cristianos.