El siguiente texto es el editorial que publicó el diario The New York Times el 1 de abril pasado:

Uno de los aspectos más asombrosos con respecto a la experiencia humana consiste en darse cuenta de que los seres amados mueren. La primera vez que ocurre, invariablemente nos asombramos ante el hecho de que otros se hayan sobrepuesto a una experiencia tan desgarradora. Vemos a otros seres humanos en las calles y en las tiendas y nos maravillamos de que logren sencillamente seguir con sus asuntos; que no haya un constante alarido primario y universal en vista de un hecho tan horroroso.

Ese nivel de pesar muy rara vez saca a la luz las emociones más nobles. Quienes sufren, difícilmente pueden abrirse paso a lo largo del día, ya no digamos convocar sus mejores reservas de paciencia y compasión por los afortunados que siguen con vida. En el caso de Terri Schiavo, el mundo entero atestiguó lo que sucede cuando esa fragilidad natural de las emociones termina siendo capturada por la política.

Fue horrible, y según datos de algunas encuestas, la opinión pública de Estados Unidos se estremeció al ver las imágenes.

Lo poco que conocemos acerca de Terri Schiavo –la persona, y no sus imágenes en una videocinta– nos dice que se habría sentido consternada por la forma en que transcurrieron las últimas semanas de su vida. ¿Qué peor pesadilla podría conjurar una joven mujer, más bien tímida y afectiva, que esos 15 años de inconsciencia persistente, en la cual todo el mundo se familiarizó íntimamente con su imagen de extremidades lánguidas, al tiempo que la gente que ella más amaba participaba en una cruenta lucha ante las cortes por el control de su cuerpo?

Ese tipo de ordalía –incluso si la víctima no estaba consciente de la misma– merece ser honrada extrayendo de allí algún significado. En el nivel más pragmático, ella fue tema de miles y probablemente de millones de conversaciones íntimas de familiares que se dijeron mutuamente qué desearían que ocurriese si sus propios cuerpos vivieran más que sus mentes. Mucha gente recordó cuando debieron despedirse de seres amados, y quizás muchos encontraron la paz para lidiar con sus pérdidas personales.

Los estadounidenses constituyen un pueblo profundamente pragmático, que constantemente sorprende a los ideólogos de distintas propuestas por su voluntad para aceptar cualquier solución que dé la impresión de funcionar mejor en cada momento. Nuestros grandes ideales, cuando son reducidos en época de crisis, a menudo terminan siendo principalmente instintos: por la justicia, por el derecho a la autodeterminación individual o en ocasiones solo por la búsqueda de la felicidad. Luego de ver cómo se desarrolló el caso de Schiavo, la mayoría de los estadounidenses optó rápidamente por la solución que pondría fin al suplicio.

Algunas personas albergan convicciones religiosas tan sentidas que no podrían ceder ante el veredicto de la opinión pública o las cortes, y aceptar la conclusión de que a Schiavo se le debería permitir que muriese. Ellos merecen respeto, así como merecen empatía su marido y sus demás parientes.

Esos familiares también merecen que los dejen en paz, y de que se los proteja de una atención pública que convirtió una tragedia familiar en un espectáculo internacional que a veces mostró vulgaridad y crueldad perturbadoras. El caso atrajo a extraños que buscaban poco más que otra oportunidad para llevar más lejos su propia apoteosis. Sin embargo, lo peor de todo fueron los poderosos personajes que examinaron el mundo en el que vivimos hoy día, en el cual la política tiene que ver con aprovechar al máximo la histeria en los extremos, y llegaron a la conclusión de que en la lucha de Schiavo podrían ganar todos, excepto las personas que efectivamente se preocupaban por la mujer que agonizaba.

Ahora, finalmente, hay un momento de consenso. Descansa en paz, Theresa Marie.

© The New York Times News Service.