La curiosidad me impulsa hacia insólitos, poéticos, a veces truculentos acontecimientos, mas no soy crítico de arte sino simple espectador. En 1992, Wolfgang Laib desparramó sobre el suelo del Centro Pompidou el polen extraído de las flores de un avellano. La obra efímera podía desaparecer con una mínima corriente de aire pero vibraba su intenso, mágico color amarillo. Tuvo que ser extraordinario. Mas las zonas de alto riesgo hacen que nos quedemos perplejos frente a prestaciones que usan el cuerpo como materia prima. Hace treinta y seis años, Michel Journiac armó un lío al estrenar su Misa para un cuerpo. Propuso al público comulgar ingiriendo rebanadas de morcilla negra hechas con su propia sangre. Después ocurrieron pintorescos eventos. Marc Quinn estrelló sobre lienzos varios litros de su sangre (un Pollock hemorrágico).
Elementos nuevos reemplazaron el óleo: chorros de plasma común, vísceras, excrementos, sudor, carcasas humanas o animales, hasta una cabra podrida en una caja de plexiglás. Marina Abramovic, despertando el sadomasoquismo vigente, puso su cuerpo a disposición del público, invitando a tocar, palpar, acariciar, vestir, pellizcar, desvestir, golpear. Se tuvo que interrumpir el estreno cuando un espectador malcarado acercó una navaja a la garganta de la artista mientras otro blandía una pistola para dispararle. En un video antológico, Marina y su compañero Ulay se dieron fortísimas cachetadas, hasta el límite de lo soportable. Supongo que uno se cansa pronto al observar este tipo de golpiza.
Chris Burden se hizo disparar con balas reales; unas impactaron en sus brazos.
Gina Pane mastica vidrio molido, ingiere carne putrefacta, se sube a una escalera de cuchillas, se hace tajos espantosos, agrede su cuerpo con navajas, se clava tachuelas en los brazos. Oleg Kulik se convierte en perro, anda en cuatro, ladra, traga lo que le lanzan los asistentes, les muerde las piernas. Un ejemplar de la revista Paris Match exhibe una obra cuyo nombre, más que explicito, habla de “cagajones con escupitajos”, siendo la materia prima absolutamente real.
Manzoni había inaugurado aquel capítulo con su obra Merda del artista de la que un muy serio libro me dio interminables explicaciones telúricas o metafísicas.
Asombrado por tan desconcertantes muestras, consulté guías sesudas que ilustraron mi rudimentaria cultura: “No debemos hablar de arte sino del impactante despertar de instintos primitivos mediante ceremoniales sacrificadores, catarsis, descarga emotiva, purificación extática de los asistentes”.
En pocas palabras estamos presenciando una “triqueo” superlativo. Las Señoritas de Aviñon parecen juego de niño, aún cuando Braque, al verlas, dijo: “Fue como si Picasso nos hubiera invitado a beber un vaso de petróleo”. Cuando Gina Pane se flagela, se hace múltiples cortes con hojas de afeitar, me basta recordar suplicios parecidos infligidos en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, sin el show, sin la “catarsis extática”.
No lo tomen a mal. Soy retrógrado, aun cuando artistas ecuatorianos de gran talento logran provocar mi admiración con obras ingeniosas, modernísimas, repletas de creatividad. No defecan en sus lienzos ni se hacen trizas el cuerpo.
No todo el mundo puede cortarse la oreja con la soltura de Van Gogh y luego, frente al espejo, armar el autorretrato.