Con fama de atrasados, los ecuatorianos somos muy apurados. Llegamos tarde a todas las citas; si damos una hora para una reunión, sabemos que esta comenzará por lo menos media hora después de lo convenido; si se nos invita a una cena a las ocho de la noche, las nueve nos parece una hora prudente para ir; si un médico, un abogado o cualquier profesional nos señala turno, tenemos la convicción de que si acudimos puntualmente nos aguardará una larga y aburridísima antesala, en que la voz de una secretaria nos alertará de cuando en cuando: “ya mismo le atiende el doctor, no se preocupe”.
Tal parecería que para los ecuatorianos el tiempo se mide de una manera distinta, y que cada cual mira su reloj según su íntima conveniencia. Y, además, tiene la certeza de que ante la demora podrá inventar una excusa que sonará convincente: el tráfico es un caos; cuando más se necesita, no hay taxis; el celular se descargó e impidió anunciar el retraso.
El tiempo, pues no cuenta. O parece que no contara, hasta el instante en que un ecuatoriano espera el ascensor, que se tarda unos segundos en llegar. Entonces, comienza, apuradísimo, a pulsar el botón de llamada de manera frenética; aunque vaya a bajar, acciona también insistentemente el botón de subida; después, pulsa el de subida y el de bajada a la vez. Camina en círculos. Cuando, por fin, llega el ascensor, da muestras de un incontenible malgenio el instante en que el aparato se detiene en los distintos pisos para tomar o dejar pasajeros. Sopla, revisa su celular, mira el reloj.
Una vez que llega a la planta baja, el ecuatoriano retorna a su calma habitual, es capaz de quedarse en la esquina conversando largamente con algún amigo que apareció de improviso, cuando no se acomoda para que un betunero le lustre sus zapatos mientras, despaciosamente, lee el periódico.
De igual manera, cualquiera que ve a un ecuatoriano que conduce un auto cree que el tal es uno de aquellos que tiene sus minutos contados para llegar al lugar de su destino. Acelera. Ejecuta las maniobras más imprudentes para rebasar al auto de adelante, aunque eso no le represente sino ganar unos pocos metros en la vía congestionada. Maldice si un semáforo le obliga a detenerse en una esquina. Pero, sobre todo, pita compulsivamente al conductor que le antecede el instante en que el semáforo cambia su luz de roja a verde. Ensaya nuevas piruetas para sortear los obstáculos y ¡por fin!, arriba a su destino.
Entonces, parsimoniosamente desciende de su auto con una sonrisa estereotipada, que es la propia de cualquier triunfador. Y comienza a caminar a paso de tortuga.
Sí: definitivamente los ecuatorianos somos apuradísimos cuando podemos llegar tarde y somos tardonsísimos cuando tenemos la obligación de estar a tiempo.
Usted, que es un sabio muy especial pero, sobre todo, muy espacial, me podría explicar ¿quién fue la perra Laika?
La perra Laika fue, como su nombre lo indica, una perra sin instrucción religiosa alguna. Este hecho obedece a que su padre un día entró a una iglesia de Moscú, de donde fue expulsado inmediatamente sin ningún miramiento. Después, herido en su amor propio, comenzó a deambular por las calles donde conoció y se enamoró perdidamente de la madre de Laika, que resultó una grandísima perra porque enseguida se voló con otro.
Tal parece que por eso Laika heredó de su madre la vocación por el vuelo y apenas supo que los rusos necesitaban una auténtica hija de perra para que fuera al espacio, se ofreció de voluntaria y así ganó el alto honor de ser el primer animal en tripular un cohete, el Sputnik II. Este hecho hizo que los norteamericanos, que competían en la carrera espacial, atónitos, exclamaran ¡qué hijue perra!, cuando, en noviembre de 1957, se enteraron de la hazaña.





