Finalmente parece que ya se ve una luz en medio de la tremenda oscuridad que es y ha sido, ya por al menos dos décadas, el uso indiscriminado de las redes sociales en manos de quienes se aprovechan de las bondades de la tecnología para hacer el mal.

Y me refiero al doble golpe judicial que, a día seguido, recibió Meta, la empresa dueña de Facebook e Instagram, así como también llevaron su parte YouTube y Google. Sumas supermillonarias a manera de multas, en reveses sufridos en las cortes de Nuevo México y Los Ángeles, que tienen un denominador común: la defensa de los menores de edad que sufren agresiones físicas de parte de depredadores digitales que fingen ser sus amigos; pero también por un caso en el que otra menor acusó a estas redes de causarle adicción y pudo demostrar a un jurado que fue así. Fallos que, aunque no son definitivos, marcan un camino en esa imperiosa necesidad de poner la dosis de cordura que el mundo de la comunicación digital pide a gritos.

La defensa de los menores emerge entonces como punta de lanza de la búsqueda de orden en ese mundo en el que los troles, los haters y el abuso de la inteligencia artificial están devolviendo a la especie humana a sus versiones más primitivas. Porque no hay estrategia actual en la que no se considere la faceta digital que afecte al competidor o al contradictor y que apunte a la destrucción del prestigio, de toda una historia construida muchas veces con esfuerzo. Aquel intangible que una trayectoria prolongada puede ir macerando y puliendo y que en solo un minuto puede ser muy lastimada por los sicarios de redes. Paradójicamente, solo cuando, peleados, las redes desnudan a los compadres de la corrupción o del delito de cuello blanco y los líderes de los GDO, quizás puede todo ese mal uso digital ser de alguna utilidad.

Pero, reitero, parece ya verse una luz. Las sanciones judiciales recientes enfocan también hacia la obligación de las empresas de tecnología a adoptar las medidas necesarias para el uso correcto de sus inventos, que de paso les han dejado muy cuantiosas ganancias. Pero en su defensa ellas argumentan también algo muy cierto: somos los usuarios quienes igualmente debemos dar pasos hacia un mejor consumo de las redes, que ahora están en todo.

Los padres en su hogar; los maestros en el aula; los tutores en infinidad de actividades; los entrenadores y ni qué decir de esos primeros jefes que son el contacto con la generación Z y la que te sigue, identificada como generación T (por su apego a lo táctil), tenemos que cargar con la culpa de que quizás no hemos ejercido la guía suficiente para que esos niños ahora abusados, ahora vueltos adictos, como dice la justicia de EE. UU., pudiesen evitar tales riesgos y estar más prevenidos en medio de la tormenta de datos y fakes a la que están permanentemente sometidos.

Con que, por ejemplo, evitemos que nuestros hijos mientan en su edad para acceder a redes sociales, que tampoco hacen mayor esfuerzo por verificar esos datos, estaremos dando una muestra inicial de que estamos en el mismo nivel de preocupación sobre qué clase de ciudadanos serán en diez años. (O)