Todos hemos tenido que enfrentar monstruos. O a quienes representan el mal, la destrucción, el fin del mundo. La lucha entre el bien y el mal es, me parece, uno de los temas que aborda Stranger Things, la serie creada por los hermanos Duffer que, tras nueve años y cinco temporadas, ha llegado a su fin. Hay quienes dicen que ha marcado a toda una generación. Y resulta curioso que así sea, pues propone un acercamiento nostálgico a la década de los 80, que muchos solo la podemos imaginar. Hay, sin embargo, un eterno retorno. Sería interesante buscar en aquel tiempo pistas que nos permitan entender esto.
Y es que no es nueva en la historia la idea de monstruos que, bajo un delirio moralizador, prometen un mundo mejor. Los fanatismos consisten, precisamente, en eso: olvidar que la luz también puede sembrar sombras. La maldad suele ser un tema incomprensible, porque se cobija de capas engañosas. Una serie actual sobre la maldad es la colombiana Estado de fuga 1986, que recrea la masacre de Pozzetto en Bogotá. ¿Somos aún capaces de reconocer el mal? ¿Nos interesa enfrentarlo?
Los niños de Stranger Things, que para la quinta temporada ya no son niños, son el ejemplo de que los héroes son personas comunes conscientes de las graves circunstancias. Su mayor poder, probablemente, es la fuerza que tienen como comunidad, cuando están juntos y planifican, cuando construyen una confianza colectiva que les hace sentirse más fuertes que el horror que ven. Esa fortaleza, creo, es la amistad. El afecto. La ilusión del primer amor. Y a partir de allí, el propio reconocimiento de uno mismo.
También se habla de otro poder, pues, como dice alguno de los personajes en un momento crucial: la música tiene una manera de encontrarte, incluso en los lugares más oscuros. Recientemente he recordado que aun los pacientes con alzhéimer se resisten a olvidar sus canciones amadas. Eso sucede en la serie con Running Up That Hill de Kate Bush. Una canción que habla de entender al otro, para saber cómo se siente esa colina difícil.
Los 80, entonces, nos visitan, como un resplandor o como la certeza de lo cíclico. En Stranger Things aún se vive la tensión de la Guerra Fría y la seguridad, nunca tan actual como hoy, de que la única regla que garantiza cierto orden geopolítico es el poder nuclear. ¿Seremos estas las generaciones que vuelvan a vivir el estallido de una bomba atómica en el planeta? ¿Sobrevivirá la humanidad? Imposible saberlo. Pero parecería que el mundo se ha vuelto a llenar de monstruos y que vamos a necesitar aquello que hace tan especiales a los protagonistas de esta serie.
Al final, lo que queda sobre la mesa es el poder de la ficción o la posibilidad de creer que la vida y la justicia subsisten. Más allá de los daños que nos dejan los monstruos. Más allá de los sacrificios que parecen irreversibles. Más allá del tiempo, que nos marca y nos lanza hacia adelante, que nos separa del grupo original, pero nos hace fuertes. Somos historias. Y en toda historia puede haber esperanza. La gran pregunta que Stranger Things nos plantea es cómo decidiremos contar nuestra historia. (O)










