La política, decía Chesterton, es esencialmente simbólica. Imágenes dominan la cosa pública como en ninguna otra actividad humana; con ellas se construye buena parte de nuestra memoria colectiva. Lo que el país pudo ver semanas atrás en el diálogo entre Lasso y Yaku fue eso, el símbolo del diálogo, del encuentro de dos líderes que reconociéndose el uno al otro en sus diferencias estaban dispuestos a valorar más lo que los unía que lo que los separaba. Los ecuatorianos no estamos acostumbrados a este tipo de imágenes. En una sociedad donde buena parte de su clase dirigente ve a la política como un campo de guerra, donde se han cultivado el odio, el machismo y la arrogancia, con la misma pasión con la que se ha alentado el robo, las imágenes que han prevalecido son otras. La última vez que vimos algo de civilidad política fue probablemente durante la guerra del Cenepa. La foto de Durán-Ballén rodeado de dos líderes tan antagónicos como Osvaldo Hurtado y Febres-Cordero fue uno de esos raros momentos donde se proyectó la unidad del país. (¿Será acaso que los ecuatorianos para unirnos como país necesitamos de una amenaza bélica?).

Pero han sido momentos fugaces en nuestra historia. Como fugaz fue el símbolo del diálogo entre Pérez y Lasso. Un símbolo que pronto se derrumbó. A la vuelta de un par de días el Sr. Pérez arremetió con una catarata de insultos, agresiones y ataques personales contra su excontertulio. En su arremetida Pérez dijo, en esencia, que él es el único que puede derrotar al correísmo, que él es el único que va a salvar al Ecuador, que la ley no importa sino la legitimidad, y que él –¿quién más?– era el único poseedor de ella, y que solo él tal cosa y solo él tal otra. Había nacido otro mesías. Un mesías más que ascendía a los altares del Olimpo para desde allí guiarnos a los ecuatorianos por el sendero de la felicidad. Había nacido otro salvador, otro depositario del secreto de la verdad, otro iluminado, cuya palabra –en este caso de que hubo un fraude– hace innecesaria a la ley, porque la una y la otra son lo mismo. Esencia de nuestra tragedia ha sido esta. Una y otra vez. Mesías, profetas, salvadores, caudillos. El Ecuador parece un país lleno de reyes, de monarcas y de emperadores. Cada uno erigiéndose en dueños de los destinos del resto. De izquierda o de derecha, indígenas o mestizos, educados o ignorantes. El circo pasa de una mano a la otra, el libreto puede cambiar, los actores pueden ser nuevos, pero la tragedia es la misma. La tragedia de no reconocernos como diferentes, de menospreciar e ignorar a quienes no son como “nosotros” y del abuso. La tragedia de una nación que ha normalizado la corrupción, el insulto y la prepotencia. Donde cada cierto tiempo nuevos propietarios de verdad aparecen solo para luego ser sustituidos por otros iguales o peores.

Impedir democráticamente el regreso de la dictadura no va a ser un triunfo del candidato Lasso, ni su movimiento político. Somos los ecuatorianos que creemos en la democracia, en las libertades públicas y en la decencia quienes habremos triunfado. La tarea no es fácil ni sencilla, obviamente. Ella requiere de unidad, de consenso y de apego al derecho. Más de una década de una dictadura no se borra fácilmente. Es una tarea menos difícil de lo que algunos creen. (O)