Indignación y vergüenza son las únicas reacciones posibles a las formas y el fondo de la política exterior de Daniel Noboa. Empecemos por lo de fondo: Ecuador convertido en tendencia noticiosa por ser el segundo país después de Irán donde EE.UU. participa en bombardeos conjuntos. Así fue como fue discutido en la prensa estadounidense. La noticia del New York Times hizo que la opinión pública internacional empiece a dudar del carácter democrático del régimen político, especialmente después de la vergonzosa explicación dada al Comité de Desapariciones Forzadas de Naciones Unidas. La condecoración a la funcionaria estadounidense que ha administrado la persecución y agresión a miles de migrantes ecuatorianos –incluyendo niños como Liam Conejo– y que fue destituida de su cargo anterior por un supuesto caso de corrupción, sintetiza el absurdo de la sumisión irreflexiva.

Si los derechos humanos no eran una prioridad para el Gobierno, uno esperaría que el crecimiento económico y el empleo sí lo serían. Pero una vez más, la política exterior y comercial sumisa ganó la batalla al sentido común. El acuerdo de comercio e inversiones es todo menos recíproco. Difícil verlo como un triunfo cuando aceptaron la reducción de una sobretasa arancelaria ya eliminada por la Corte Suprema en EE. UU. y que puede cambiar en cualquier momento, este no es un TLC, pues no tiene autorización del Congreso. Mientras tanto, ¿Ecuador se compromete a la apertura inmediata y total en líneas sensibles? ¿Cómo firma un acuerdo que impone una serie de restricciones nacionales sobre su relación con terceros países? No sé si se han percatado los exportadores de que –cinco días después de firmar el acuerdo– el USTR inició un proceso 301 contra Ecuador, que es una auditoría al país sobre prácticas de trabajo forzado. O que días antes de la firma de dicho tratado, el mismo USTR inició otra investigación sobre prácticas antidumping que afecta a alrededor de 175 compañías ecuatorianas, la mayoría de ellas exportadoras de camarón. Si es que el Gobierno firmó a sabiendas que esto pasaría, estaba poniendo una eterna espada de Damocles sobre el sector empresarial ecuatoriano. Si es que no lo sabía, coincidiré por primera vez con la canciller, en que esto marca un “hito histórico”, pero de lo que no se debe hacer cuando se enfrenta una negociación o, como en este caso, una no negociación. ¿De qué sirve ser tan amigo del Gobierno de Trump si Ecuador pierde no solo su soberanía, sino hasta su autonomía relativa para decidir sobre políticas de desarrollo productivo o protección a pequeños empresarios? Algo similar podría decirse del tema de Colombia, donde cada día que Ecuador insiste en los aranceles, el país pierde millones de dólares en paz, comercio y seguridad energética. Dos temas que han logrado algo casi imposible en el país, que expertos de todas las tendencias coincidan en el equívoco de insistir.

En el fondo, la política exterior es un tema de principios, cuando estos están ausentes, los viajes internacionales, los eventos diplomáticos y las pastillas informativas sobran. La sumisión nunca ha sido buena estrategia de negociación, porque los países del sistema internacional solo respetan a los que se respetan. (O)