Recuerdo mis clases de historia en el Colegio Americano en Quito. Las dictaba magistralmente mi profesora Fabiolita. Ella nos hablaba de Chile, país que después de una dictadura larga resurgió del lugar del que pocos salen y con las lecciones bien aprendidas, para vivir en democracia y prosperidad.
Yo no sabía en ese momento que Chile iba a ser el país en el que terminaría viviendo 12 años después.
Llegamos a Santiago con mi pareja un poco antes de que todo se fuera al diablo. A inicios de octubre del 2019 para ser más exacta. Llegamos cuando todavía la Plaza Baquedano tenía pasto y flores. Cuando se podía caminar por el centro y Providencia sin que te ardan los ojos por el gas lacrimógeno. Llegamos a ver un Chile próspero… pero solo por dos semanas más.
Entonces se vino ese momento en el que dejar de pagar por el servicio que te presta el metro, saltar el orden, quemar, romper y saquear se volvió la norma. Hoy en día, en Chile los hechos no cuentan. No importa que todo indicador apuntara a que el país estaba en una posición sólida porque demasiados chilenos están convencidos de que esta tierra es de lo peor.
Yo vi y veo a Chile como un oasis en América Latina, pese a todo, todavía lo veo así. Independientemente del amor que siento por esta nación que me acoge con absoluta apertura, puedo ser objetiva y reconocer que le siguen quedando vestigios de aquello que la ha hecho un ejemplo de éxito. Pero esas gotas de lo que fue no durarán. Lo presiento con pena, pero con motivos de sobra.
Ecuador se encaminó en un proceso absolutista disfrazado de derechos hace 15 años. Por allá, entre el 2007 y 2008, caímos en la trampa constituyente que legalizó lo ilegítimo y le dio rienda suelta a los deseos morbosamente totalitarios del prófugo expresidente Rafael Vicente Correa Delgado. La nueva Constitución del Ecuador y el gobierno de la revolución ciudadana prometieron mucho, pero no hicieron a la gente más digna. No acabaron con la corrupción. No nos dejaron mejor parados. Muy por el contrario, blindaron los excesos de un Estado liderado por un enfermo del alma que será nuestro fantasma mientras esté vivo.
Aquí, una mayoría circunstancial de izquierda radical pretende hacer que Chile se convierta en el Ecuador del 2006. ¿Cómo? ¡¿Cómo el país que era la cuna del progreso y la prosperidad en la región se está dejando seducir por el modelo fracasado del socialismo del siglo XXI?! ¿Por qué sus ciudadanos ovacionan esta locura? La respuesta, en retrospectiva, es obvia.
Por décadas, los chilenos han sido bombardeados por la propaganda de los sectores políticos más radicalizados hacia la izquierda. Les han repetido hasta el cansancio que su sistema de pensiones no funciona, que su salud es pésima, que las instituciones que tienen están inundadas de gente sin mérito, snobs ignorantes hijos del padre de alguien con dinero. Les han asegurado que su modelo económico fracasó. Y nada de esto es verdad, lo que no quiere decir que todo funcione perfectamente. Pero basta decir una mentira mil veces para hacerla real.
Mientras tanto, los representantes de izquierda y derecha moderados, los que levantaron por 30 años a un país posdictadura, se mantuvieron silentes. De vez en cuando, pedían amablemente a los otros que por favor, tengan la bondad de apegarse a la verdad. Hoy aquí estamos en un país donde la moderación, prudencia y cordura son vistas como traición y, por consecuencia, políticamente inviables. Los que moderadamente fueron moderados para defender a su democracia y a su República de las evidentes amenazas del creciente comunismo chileno hoy viven en un país donde lo único que se hizo costumbre fue saquear, quemar y romperlo todo.
Con este relato quiero hacer un llamado de atención a la derecha en Ecuador: defiendan el modelo de la prosperidad con vehemencia, sin modestia. Demuestren, haciendo las cosas bien, que la vía del progreso y el desarrollo ES la vía hacia la dignidad. Sancionen con absoluta firmeza los actos de corrupción y abusos del poder, sobre todo de quienes son cercanos a ustedes. Y aprendan a diferenciar las izquierdas, porque no es lo mismo un demócrata con el que no compartan visiones ideológicas que un dictador encubierto que solo espera una oportunidad ideal para enquistarse eternamente en el poder. La izquierda moderada en Ecuador no es el enemigo, es simplemente un opositor. Respeten al adversario y reconozcan sus puntos en común. De lo contrario, ese rumbo próspero que están encaminando no será suficiente para combatir ese cáncer que se llama comunismo y se apoda socialismo del siglo XXI. Los números, los datos, los indicadores ya no son suficiente para respaldar la razón o lo correcto. Si no me creen, vengan a Chile. (O)