Escribo el 5 de diciembre, aniversario de la muerte de Mandela, ser humano que admiro profundamente. Estuve en Sudáfrica en las fechas que se celebraba el campeonato mundial de fútbol, organizado por la FIFA, en el que participaban de manera simultánea y en escenarios deportivos paralelos 400 jóvenes, varones y mujeres, entre 16 y 18 años, provenientes de sectores empobrecidos, de países de todo el mundo. Era su “mundial”, el campeonato mundial de fútbol callejero, celebrado en los barrios más pobres de Johannesburgo.

Mandela estaba agobiado por la muerte de su bisnieta Zenani, de apenas 13 años, que falleció mientras se dirigía a su casa en coche proveniente del concierto que abrió el Mundial. No estuvo presente en el partido inicial de la selección de su país y México.

Un ambiente de algarabía y de tristeza invadía las calles y pueblos iluminados por un sol resplandeciente, un frío tenaz y el ruido de las vuvuzelas.

Admirar las hermosas carreteras, las industrias, la belleza de la ciudad y lo majestuoso de sus estadios, y participar en barrios empobrecidos y violentos, donde se podía recuperar la historia del apartheid en relatos, monumentos y pobreza, era cabalgar entre mundos opuestos cobijados con la bandera multicolor de Sudáfrica.

Conocer la prisión en que estuvo Mandela, imaginarse vivir en esas condiciones 27 años, fue una experiencia agobiante. Y un himno a la fortaleza, resiliencia y bondades del espíritu humano.

El largo camino a la libertad, su libro autobiográfico, desenvuelve como una película la enorme paciencia que hay que tener para empujar procesos que cambian el mundo, por la fuerza interna de las convicciones y por el ansia de libertad que empuja el espíritu humano más allá de sus límites.

Y muestra también cómo esa fuerza desde el aislamiento de una cárcel, rompiendo monótonamente piedras con un martillo, puede llegar desde el corazón de un preso a invadir todo el tejido social y convertirlo en artífice de su propio destino. Porque ese liderazgo no estaba hecho tan solo de palabras, las de Mandela eran poderosas y convincentes, sino también desde el sufrimiento, el tocar fondo, el cuestionamiento de su propia vida y de sus acciones hasta la búsqueda de puentes y caminos para redirigir una causa que era aspiración de todo un pueblo. No perdió nunca la esperanza en el ser humano, confió en tratar a los demás como iguales. Si es difícil cuando se tiene autoridad y las personas fácilmente se creen superiores a otros, más difícil aún es cuando se es prisionero y habla con su celador. Nunca se consideró inferior ni superior a nadie, según sus propias palabras. Nunca renunció a su dignidad ni a la dignidad de su pueblo.

Mantuvo lo esencial, cambiando de camino las veces necesarias, el objetivo era cumplir la esperanza de equidad de su pueblo, prefería perder la vida que romper el pacto ético consigo mismo y con los suyos.

En los tiempos de crisis profundas que atraviesa el mundo y nuestro país en particular, renunciar a lo esencial en componendas para hacer un país gobernable puede ser el sendero más fácil al abismo y a la descomposición social. Mantener las exigencias, la adaptabilidad de un sueño colectivo requiere, en los guías, de “la fuerza de ser el amo de su destino y el capitán de mi alma”. (O)