La tecnología mordiéndose el rabo. Y demostrando que su avance, en modo de descontrol, pone en riesgo su propio desarrollo y los beneficios que parece traer a toda velocidad para las sociedades.
Digo esto al enterarme sobre la arremetida que Amazon estaría haciendo, incluso en el plano legal, contra algunos desarrolladores de bots, que ahora los han puesto a la orden del común de los mortales hasta para que vayan digitalmente a hacerles las compras de supermercado, no decir de algunos de sus productos más específicos que luego les llegarán sin salir de casa.
Sucede que esta fría acción de compras algorítmica está, aparentemente, afectando una suma importante, se insinúa que hasta la mitad, de las ventas periféricas que logra el gigantesco comercio on line, y que no están vendiendo otros accesorios o antojos no programados porque el cerebro digital que está haciendo esas compras no ha recibido pedido alguno para adquirirlas y se limita a cumplir la orden inicial con eficiencia.
Para explicarlo en sencillo, el comprador electrónico “no le para bola” al mensaje aquel de “Otros clientes también vieron…” o el de “Si te llevas esto con aquello te resulta mejor”. Adquiere el producto y desmerece, porque no tiene emociones, la opción de algún accesorio que lo ponga coqueto; o algún otro producto en tendencia que se vería muy bien con el primero. Y si hacemos un paralelismo con un comprador en físico, este se acerca a la caja y, en lugar de tomar esos productos que han sido puestos ahí premeditadamente para que uno se antoje, va a lo que va y punto.
Tiro en el pie de ese desarrollo tecnológico. Pero claro, el equipo de Jeff Bezos en realidad no es que se opone de que las ventas sean así. Se opone a que sea otro el que comisiona por esa venta que no le generó otras no planificadas, impulsivas, y se sabe que ya trabajan en buscar una solución tecnológica, favorable a ellos, para esos hábitos de compra.
Algo parecido pasa con las avalanchas de contenidos, en muy buena medida falsos, que cabalgan en la fibra óptica para captar audiencias a cualquier precio, para el beneficio de quienes los desarrollan sin remordimientos. Crecen y crecen las rutinas de verificación digital de que no estoy interactuando con un robot que está colocando a mi alcance imágenes y sonidos creados con inteligencia artificial (IA), con la capacidad de engañar al más pintado y distorsionar la realidad de una manera insólita que transmuta las sonrisas en llanto cuando descubrimos que, basados en esa creatividad maliciosa, se tomaron decisiones equivocadas o se efectuaron acusaciones injuriosas.
Complejo tema este de la IA al servicio de las fake news y de los ataques anónimos contra personajes públicos y privados, en búsqueda del mayor daño moral posible, en lo que bien se ha dado en llamar intentos de asesinato del prestigio. La cantidad inusitada de “granjas” y “ejércitos de troles” que están cobrando sin piedad para hacerlo pone en serio riesgo la relación de confianza, basada en lo auténtico de la información, que tradicionalmente se ha desarrollado entre un emisor y muchos receptores. Ojalá sea solo un mal sueño y pronto despertemos. (O)














