Quien tiene 26 libros publicados no podría ser un nombre que tomara de sorpresa a los lectores. Pero en este país desmemoriado y desatento, no es imposible. Paúl Puma es un cabal hombre de letras: ha cultivado todos los géneros literarios, es catedrático de la Universidad Central de Quito, emprende proyectos innovadores y por todos esos méritos acaba de ingresar a la Academia Ecuatoriana de la Lengua. Pese a que lo conozco desde su temprano despertar creativo, todavía no me pongo al día de toda su obra.
Con el texto múltiple que tiene el nombre de esta columna entrega un producto maduro, tanto que no vacila en aunar su voz con la de Jorgenrique Adoum y de otros autores para dar un testimonio coral sobre varios hitos de la cultura nativa. Del último inca queda huella en voces de cronistas de Indias y por hazaña de la investigadora Tamara Estupiñán, quien descubrió el Malqui Machai en Cotopaxi, el santuario donde se cuidó una efigie de Atahualpa, hoy emplazamiento estudiado y defendido como patrimonio nacional.
Va de la realidad a la palabra y a palabra que funda o recompone un pretérito digno de culto. El poema materializa y remece sentimientos que la historia niega u oculta. Dividido en cinco ensayos –dos como cartas a Atahualpa– se cierra con un posfacio titulado “La caída”, en el cual la catarata del idioma español –lengua que es propia en la paradoja del colonizaje– se despeña como río de palabras. Se trata de un texto para leer y releer, tanto es su caudal revelador: su intensidad lírica jamás es cubierta totalmente por lo que narra, en certeros versos que aluden al pasado histórico desde que el gran Inca fuera entrampado en Cajamarca.
La poesía cuenta historias mientras no se aleje de una subjetividad cuyos estremecimientos están vivos en cada línea; así “Atawuallpa, Atawaliba, Atabaliba, Atahualpa, Ata, Hualpa, Ata” se convierte en Juan, bautizado y ejecutado en el centro de la plaza, mientras –como dice la tradición indígena– “se puso el sol en la mitad del día”, dejando en manos de Pizarro el gigantesco rescate. Esa traición se ha seguido realizando sobre los descendientes directos del pueblo nativo en las figuras políticas de la explotación, del abandono educativo y cultural.
La voz que profiere: “no hay epos o épica, no hay elegía o lírica o ápice de literatura o figura retórica que quepa en un Khipu para tejer mi grito”, llama al lector a participar con lucidez en la raíz de nuestro mestizaje. Esta comprensión vital no es solamente cosa de poetas, como sostiene a ratos el común habitante desaprensivo, como si la sangre materna no nos sonara rabiosamente desde las venas. Quien habla al lector en figura de Adoum, tanto desde sus propios libros –Ecuador amargo, Dios trajo la sombra– como la atribuida por Puma, es estruendosamente ecuatoriana, al mismo tiempo que habitante del mundo, así como viaja en el tiempo para analogar el dolor de los indios, con el de los judíos exterminados y de los ucranianos bombardeados.
Poemario para descender al fondo de la miseria histórica, asumir nuestro pasado y extraerlo hacia la luz. Todo es removedor en estas páginas: el aporte aplastante del poeta, el prólogo luminoso del analista Agustín Guambo, la tarea arqueológica rescatada. Deslumbra la síntesis de tanto talento ecuatoriano. (O)












