Agradezco profundamente la aparición de aplicaciones de GPS como Google Maps. Pocas cosas en mi vida han tenido un impacto cotidiano tan poderoso y antiestrés. Se acabó el aprenderse direcciones, interpretar mapas, memorizar el color de esa casa de la esquina donde debía doblar y que después lo cambien sin aviso. Ahora solo hay que cuidar que el teléfono inteligente no se quede sin batería. Eso sería como quedar atrapado en una dimensión desconocida, porque ya no nos fijamos en la ruta, vamos sin pensar ni observar, obedeciendo ciegamente a la línea azul de la pantalla.
La tecnología ha ampliado nuestras capacidades. Nos permite movernos mejor, comunicarnos más rápido, resolver problemas con mayor eficiencia. Pero también, silenciosamente, transforma lo que dejamos de ejercitar. Delegamos la memoria, delegamos la orientación, delegamos muchas decisiones cotidianas.
Eso me lleva a pensar en cómo nos debemos formar para desarrollarnos en los nuevos entornos. ¿Son las nuevas tecnologías un aporte o una traba para el aprendizaje?
Wayne Holmes, profesor de estudios críticos sobre inteligencia artificial y educación en el University College London, plantea que la idea de que tecnologías emergentes puedan suplantar al aprendizaje no es nueva. En la antigüedad, Sócrates ya se oponía a una tecnología entonces novedosa: la escritura, que entonces consideraba capaz de reemplazar al aprendizaje. A mediados del siglo XVIII, el filósofo de la ilustración Jean-Jacques Rousseau afirmaba que los libros iban a producir un efecto semejante y, en fecha más reciente, se han esgrimido argumentos similares en relación con internet: ¿para qué aprender si estos programas proporcionan un acceso inmediato a todo el conocimiento del mundo a través de nuestros teléfonos móviles?
La pregunta se trasladaría: ¿qué debemos aprender en este mundo lleno de atajos y saturado de información?
En noviembre de 2025, la Unesco reunió a ministros de Educación para discutir cuáles serán las competencias necesarias para el futuro. El diagnóstico fue claro: el mundo cambia a una velocidad inédita. La automatización transformará el trabajo, el cambio climático redefine prioridades y la inteligencia artificial modifica la manera en que aprendemos y tomamos decisiones. Entre las competencias consideradas esenciales destacaron el pensamiento crítico, resolución de problemas, competencias verdes y digitales y el desarrollo socioemocional.
Hay que integrar las tecnologías como un medio y no como un fin, para desarrollar la capacidad de interpretar la realidad, reconocer la complejidad del mundo y poder vivir y desarrollarse en ese espacio.
Se me vienen a la cabeza ideas de Byung-Chul Han, que advierte que la crisis actual no es de información, sino de criterio, en su concepto de infocracia, describe un sistema donde la sobreabundancia de datos, recomendaciones y probabilidades termina orientando nuestras decisiones sin que necesariamente comprendamos los procesos que hay detrás, y fue ahí cuando se me ocurrió un emprendimiento, ¿y si hacemos una app que sea un GPS de pensamiento crítico? Ahí te quiero ver. (O)










