“Donde viven los monstruos” tituló Irene Vallejo una columna en El Espectador. Acoso escolar o humillación laboral son conductas de monstruos que no controlan sus impulsos y disfrutan de su desbande. Son los demás con su solidaridad con el afectado o su alianza con el poderoso quienes deciden las reglas del silencio. Y lo ilustra con el mensaje del patriarca en la serie Sucesión: “Yo estoy espiritualmente, y emocional, ética y moralmente, del lado de quien gane (…). A los competidores los atornillas. Los cincelas. Les haces daño. Y luego los ves chillar”.

Cuando un monstruo accede al poder, las consecuencias son angustiantes. A. Eichmann, el eficiente burócrata de las SS, quien participó en el exterminio de millones de personas bajo el mando de Hitler, se declaró inocente en los juicios de Núremberg. H. Arendt llamó ‘mal banal’ a la falta de juicio de quien obedece de manera acrítica y desapasionada en la maquinaria del terror. Ella concluiría luego: “El mal no puede ser banal o radical. Es extremo. Solo el bien tiene profundidad y puede ser radical”.

En Ceguera moral, Z. Bauman afirma que la indiferencia al sufrimiento, la invasión de la privacidad y los ojos apartados de una silenciosa mirada ética son los males actuales. Nos espantan los crímenes en Samborondón, pero no las rutinas diarias de violencia criminal. Se promueven el hiperconsumo, el hedonismo y los excesos, mientras el 70 % de la cocaína fluye por Ecuador.

Quien haya escuchado a D. Trump con su ‘mirada catastral’ aseverar que es su moralidad la que lo puede detener, que no necesita del derecho internacional, que cancelaría las midterms elections, que lo que quiere lo hace suyo, que reconoce ser un dictador elegido para poner orden, etc., puede entender el mal moderno. Si se desea algo se lo toma sin permiso, se disfruta sin límites de placeres y obsesiones. No hay culpa ni vergüenza. Se goza con el sufrimiento de otros y la pulsión de muerte gana la partida. El pragmatismo extremo genera paradojas; verbigracia, Venezuela.

Recientemente leí a Siri Hustvedt en El País retomar el concepto de R. Paxton sobre el fascismo: una conducta política que busca humillar colectivamente, exaltar unidad y pureza, y promover partidos nacionalistas apoyados por élites para imponer violencia interna y expansión sin límites legales. El asalto al Capitolio en 2021 transformó un movimiento populista autoritario en neofascismo; una política posdemocrática sin restricciones geográficas o temporales.

Para Hustvedt, los mítines de Trump son un “culto compensatorio a la masculinidad, la unidad, la energía y la pureza, la gloria de la brutalidad viril”. Con su discurso irrespetuoso y despectivo autoriza a otros a la crueldad y la intolerancia. El wokismo es su espejo.

Si, como señalaba Gramsci, es en el interregno cuando aparecen los monstruos, debemos mantenernos lúcidos frente a su irrupción. La censura social, la plena vigencia del sistema de justicia y el impulso al sentido de vergüenza ante la impunidad de quienes transgreden los principios de convivencia podría debilitar que el acto de matar se convierta en su mayor placer. (O)