Mi madre, Virginia Alta, nació los primeros días de octubre de 1966 en la comunidad kichwa de Santa Bárbara en Cotacachi. De niña vivió los rezagos de la hacienda, donde no solo los propietarios abusaban del poder, sino que también lo hacían los religiosos.

Muy joven salió a Quito para buscar la posibilidad de continuar y acceder a una mejor educación.

Estudió Jurisprudencia en la Universidad Central. Hizo su maestría en España. Desde niña se involucró en la organización social y política comunitaria de Cotacachi. Sabía leer y escribir, por lo que su rol era fundamental.

Desde entonces una profunda conciencia política y social guio sus pasos, lo que la llevó a trabajar junto con el Partido Socialista.

Mi madre goza de un paladar exigente, disfruta cocinar y que le cocinen, le gusta viajar y los postres. Es una experta en sopas. De ella heredamos una buena sazón, y expresamos amor cocinando entre la familia.

De las muchas cosas que me ha enseñado mi madre, desde comer, caminar, hablar, cocinar, también está la ética de trabajo. La dedicación, empeño y entrega la llevaron, junto con otras grandes mujeres y madres, a ser fundadora de una de las universidades de posgrado más importantes del país y Latinoamérica.

La misma dedicación y devoción que ha entregado a mantener un hogar, criar a tres hijos y cultivar una amorosa relación con mi padre.

Ya grandes tus hijos entendemos los sacrificios que has hecho en este tiempo: sangre, sudor y lágrimas. Entendemos que querías una vida mejor para nosotros y estamos profundamente agradecidos y orgullosos.

La trayectoria de mi madre se convirtió en un ejemplo para sus hermanas y para las mujeres de su comunidad de origen.

Esta columna a la vez es un homenaje a las madres indígenas. Entre los varios aspectos que debió enfrentar Virginia, a más de ser mujer indígena migrante del campo, se enfrentó también al racismo de este país, en silencio, con su mejor respuesta: su sonrisa, inteligencia y trabajo. Otras madres indígenas se enfrentan también, muchas veces en silencio, a violencia de género, a que su trabajo y aportes al hogar sean invisibilizados, a llevar el peso de la transmisión de la cultura kichwa en sus hombros, de la gastronomía, de la logística de las fiestas-rituales, de que el traje esté impecable y hacer trenza a sus hijos, incluso grandes. Una madre indígena materna la cultura misma.

Las madres indígenas, aun en medio de un país dividido y racista, nos criaron sin odio, con amor y orgullo de nuestra cultura, pero también a nuestro país. Mi madre junto con mi padre nos formaron a respetar y cuidar la diversidad.

Una de mis fotos favoritas junto a ella es cuando niño, (asumo) en medio de los actos por Navidad, estoy yo de 5 años vestido de oveja, agarrado de su mano. Traje confeccionado por ella durante la madrugada. Durante años, viajaba de Otavalo a Quito, y de vuelta, para cumplir sus sueños, y los nuestros. Gracias por tu sacrificio y amor, madre. Te queremos, tus tres hijos. (O)