Los principios y los valores son el inicio de todas las virtudes. Una persona o una sociedad sin principios no tiene ningún valor, como ser humano se despersonaliza y como sociedad o nación se desorganiza, aunque tenga poder, pasa por carecer de prácticas civilizatorias, adquiriendo eso, sí cierto, efímero poder, donde se hacen gala y campean la corrupción, la injusticia, la venganza y la traición.
Las malas acciones se pueden considerar como una bestia bicéfala o con peldaños que rayan en el poder delincuencial, donde se esfuma todo atisbo de principios y valores, pero que más temprano que tarde se asoma triunfante el noble sentido de la ética, que es el lugar donde se establecen los parámetros de convivencia normal de la raza humana.
El país se está convirtiendo en un pandemonio: mucho ruido, caos, aviesa confusión, coadyuvada por leguleyadas que entrelazan palabras o términos de equidad sobre perversas palabras con la finalidad de justificar como legal lo notoriamente ilegítimo y de falsedad absoluta.
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Las reglas fundamentales de conductas no tienen actualmente mayor asidero dentro de afortunadamente un pequeño segmento de nuestra población; mas resulta que, al imprimir un fuerte sentido publicitario de los que se están rodeando a los malos acontecimientos, pueden hacer hasta dudar al conglomerado social, que, al darse cuenta de los malos resultados, tiene que tragar el amargo sabor de que jugaron con su confianza, con sus valores, anulando la objetividad de los principios éticos justos e imparciales que son, sin duda alguna, parte importante del desarrollo de las personas y del país.
Se hace imprescindible un cambio donde prevalezca la ética constitucional por el interés personal a fin de darle una óptima interpretación a la Constitución, no cambio. Sino una interpretación basada en lo referencial de sus postulados, sin cambiar una sola coma, ya que esa Constitución fue aceptada por la mayoría del pueblo bajo un referéndum de aprobación en el 2008. En otros países donde tienen como basamento patriótico la Constitución, se la respeta tal como está plasmada, les guste o no les guste; en la democracia, la mayoría gana el respeto. Sin embargo, en cambio, aquí cualquier mal pensado la interpreta como bien le da la gana, hace caso omiso, convirtiendo a este país en una babilonia jurídica. (O)
César Antonio Jijón Sánchez, técnico de mantenimiento, Daule

















