Cuando era niño me preguntaban familiares qué quería ser cuando sea adulto, yo respondía, abogado. Mi madre me dijo que esa profesión era complicada, había muchos comentarios en contra, que busque una carrera técnica afín a lo que había en el pueblo (agricultura, artesanía y pesca); pero mi padre me consintió, dijo, eso tú lo decides por tus convicciones.

Justamente por convicción estudié derecho, que me permitió forjarme como profesional y docente. A mis alumnos les inculco que la formación profesional debe nacer del espíritu y el valor que nos dicta nuestro fuero interior, a eso llamo convicción. Sin embargo, desde los gobiernos de la revolución y ahora con Lasso, a través del examen de la Senecyt (Secretaría de Educación Superior, Ciencia, Tecnología e Innovación ), se atenta a los derechos de los jóvenes, sobre todo de

estratos populares que buscan formación universitaria de parte del Estado; les imponen qué deben estudiar, con leguleyadas, requisitos discriminatorios. Por ejemplo: Jonathan aspiró a ser abogado, por dos ocasiones aplicó para dar las pruebas; en la aprobación, el tecnicismo burocrático enquistado en la educación superior le informó que su prueba y perfil daban para ser arquitecto; finalmente no estudió, es bachiller, actualmente trabaja y es padre de un niño. Y Elizabeth y Aracely, chicas muy inteligentes, no querían estudiar derecho, se sentían frustradas, aprobaron con altas calificaciones el examen excluyente de ingreso a la universidad para la carrera de medicina, pero les informaron que solo había cupo para abogacía y aceptaron esa carrera impuesta, por sus carencias de dinero. ¿Qué profesionales estamos formando sin convicciones, al imponerles qué deben estudiar en la universidad?, cruel y miserable invento de tecnoburócratas de la educación superior, el cual debe terminar ya. (O)

Walter Manuel Suárez Farías, abogado, vía a Daule