Maestro, mágica palabra que engloba tantas y tantas cualidades, virtudes y, por qué no decirlo… mitos.

Es la savia fecunda de nuestros queridos maestros y maestras la que diariamente se derrama convirtiéndose en manantial inagotable de amor, paz y sabiduría.

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Son las manos cariñosas de los docentes ecuatorianos las que, al conjuro de sus sabias enseñanzas, se tienden generosas y pródigas para ofrecer ternura a raudales.

Son los labios de nuestros queridos educadores los que pronuncian, día a día, dulces palabras de ensueño, conocimiento y positivismo, ayudando a los niños, jóvenes y adultos a sacar lo mejor de sí.

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Gracias a ti, generoso maestro, aprendimos, palmo a palmo, a conjugar el verbo amar en todos los tiempos y a conocer la grandeza y profundidad de la vida; a descartar lo malo y atesorar lo bueno para optimizarlo y aplicarlo en cada una de las instancias de nuestra fugaz y efímera existencia.

No se precie de ser un verdadero y auténtico maestro quien se acobarda y acalla su voz frente a las adversidades e injusticias de la vida, frente a la corrupción, los malos manejos económicos de los gobiernos, frente a la mentira, el engaño, el fraude y el dolo; frente a los frecuentes atropellos que sufre el pueblo y su impotencia por solucionarlos. Es por eso que la voz, la acuciosidad y el pensamiento inteligente del docente deberá estar siempre presente; tan solo así estará contribuyendo, en forma real y tangible, al engrandecimiento y progreso de los pueblos.

Agradecer al maestro por su fecunda y abnegada labor en beneficio de las actuales y futuras generaciones es nada más que reconocer todo cuanto hizo y seguirá haciendo a favor de cada uno de sus pupilos y, por ende, de la educación y la patria.

¡Viva el maestro ecuatoriano! Y muchas gracias por su labor incansable y aporte para crear una mejor sociedad. (O)

Fabiola Carrera Alemán, maestra jubilada, Quito