Autoridades, me dirijo a ustedes con profunda preocupación y tristeza por la realidad que actualmente viven miles de personas mayores de 40 años en nuestro país, quienes están siendo desplazadas laboralmente y tratadas como si ya no fueran útiles para la sociedad.

Hoy en día muchas empresas están reemplazando a profesionales con experiencia, preparación y trayectoria, por personal más joven, únicamente porque representa un menor costo salarial. Esta situación no solamente es injusta, sino también inhumana. Se está dejando de lado a hombres y mujeres que durante años trabajaron, aportaron al desarrollo del país, pagaron impuestos, construyeron familias y sostuvieron la economía nacional.

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La realidad es que una persona de más de 40 o 55 y tantos años todavía tiene fuerza, capacidad, conocimiento, liderazgo y experiencia para seguir trabajando y aportando. Pero actualmente se enfrentan a una discriminación silenciosa porque se les considera “muy mayores” o “sobrecalificados” por tener títulos, experiencia y preparación académica.

¿Qué sucede entonces con estas personas? Muchos tienen deudas adquiridas legítimamente: casas, vehículos, estudios de sus hijos, alimentación y responsabilidades familiares. Al perder sus empleos quedan en una situación desesperante. Algunos están perdiendo sus hogares, otros deben regresar a vivir con familiares porque ya no pueden sostenerse económicamente, y muchos más terminan sobreviviendo en la informalidad o en condiciones extremadamente precarias, teniendo anteriormente una vida media o buena para vivir.

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La situación es alarmante. Cada día aumentan los trabajos informales porque las empresas ya no desean contratar personas mayores de 40 años. Y ante esta realidad surgen preguntas dolorosas: ¿a dónde van estas personas?, ¿qué solución les ofrece el Estado?, ¿deben resignarse a la pobreza después de haber trabajado toda una vida?, ¿debe una persona sentirse inútil solo por cumplir años?

Incluso existen casos en los que la desesperación emocional y económica lleva a muchas personas a la depresión, ansiedad e incluso pensamientos suicidas, porque sienten que la sociedad y el sistema les cerraron las puertas.

Es urgente que el Gobierno preste atención a esta problemática. No se puede hablar de progreso, desarrollo ni estabilidad económica cuando miles de ciudadanos preparados están siendo excluidos del mercado laboral simplemente por su edad.

El verdadero progreso de un país se construye valorando la experiencia, la preparación y la dignidad de su gente. Un país no puede avanzar dejando atrás a quienes durante décadas sostuvieron sus instituciones, empresas y familias. Por ello, solicitamos que se creen políticas públicas reales de inclusión laboral para personas mayores de 40 años y más, incentivos para las empresas que contraten talento experimentado y programas que protejan la estabilidad económica y emocional de quienes hoy están siendo marginados laboralmente.

La experiencia no debería ser un castigo. La edad no debería convertirse en una condena laboral. Y trabajar dignamente no debería ser un privilegio reservado únicamente para los jóvenes. (O)

Karina Hidalgo Loffredo, periodista, Guayaquil