Cada año, con la llegada de la Semana Santa, los hogares ecuatorianos se llenan de aromas, recuerdos y tradición gracias a un plato emblemático: la fanesca. Más que una preparación culinaria, este potaje representa la unión familiar, la fe y la riqueza cultural del país.

Su origen se remonta a la época prehispánica, cuando los pueblos andinos preparaban una mezcla de granos tiernos durante el equinoccio de marzo como símbolo de agradecimiento a la tierra. Con la llegada de los españoles, esta tradición se fusionó con elementos cristianos, incorporando el bacalao salado como representación religiosa, dando lugar a la fanesca que hoy conocemos.

El secreto de su sabor está en la diversidad de ingredientes. La fanesca combina granos de la serranía ecuatoriana, como el choclo, fréjol, haba, arveja, lenteja y melloco, entre otros. A esto se suman zapallo, sambo, leche, queso y el infaltable bacalao salado. Cada componente aporta no solo textura y sabor, sino también un alto valor nutricional, convirtiéndola en un plato completo y energético.

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En todos los hogares del país, pero especialmente en la región Sierra, las amas de casa o familias enteras mantienen viva esta tradición culinaria. Por otro lado, restaurantes y emprendimientos gastronómicos aprovechan esta temporada para ofrecer fanesca a propios y visitantes. En todas las regiones del Ecuador, desde la Costa hasta la Amazonía, este plato es esperado y degustado con entusiasmo, convirtiéndose en un símbolo de identidad nacional.

La fanesca no solo alimenta el cuerpo; también nutre la memoria, la historia y el espíritu de un país que encuentra en su gastronomía una forma de preservar sus raíces. En cada cucharada se encierra el legado de un pueblo que honra su pasado mientras celebra el presente. (O)

Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, el Coca