En la historia republicana del Ecuador abundan presidentes fuertes, carismáticos, polémicos o reformistas. Sin embargo, lo que ha sido escaso y sigue siendo una deuda estructural es un liderazgo presidencial integral, capaz de articular técnica, ética, carácter, visión histórica y respeto institucional en un solo ejercicio de poder.

El análisis comparado de figuras clave, como Eloy Alfaro, Isidro Ayora, Jaime Roldós Aguilera, Sixto Durán-Ballén, Jamil Mahuad, Rafael Correa y Daniel Noboa, revela una constante: cada uno aportó fragmentos valiosos al Estado, pero ninguno logró consolidar un perfil completo de estadista.

El problema de fondo no es la falta de líderes, sino la fragmentación del liderazgo. Hemos alternado entre presidentes con alta capacidad técnica pero débil manejo político; otros con elevada ética pero limitada ejecución; y algunos con decisión férrea, pero frágil institucionalidad. El resultado ha sido un Estado que avanza a golpes, retrocede con frecuencia y rara vez consolida lo ganado.

Publicidad

De este análisis emerge una conclusión incómoda: el Ecuador no necesita presidentes más fuertes, sino presidentes más equilibrados. No requiere caudillos que concentren poder, sino estadistas que construyan instituciones capaces de funcionar sin ellos. Gobernar bien no es dominar el presente, sino organizar el futuro.

El presidente ideal, ese que aún no hemos tenido en Ecuador, sería aquel con sólida preparación profesional, carácter ético, temperamento sereno y visión de largo plazo. Alguien que entienda que la técnica sin política fracasa, pero que la política sin técnica improvisa; que sepa decidir en crisis sin caer en autoritarismo; que privilegie la ley incluso cuando puede forzarla; y que piense en el país que dejará, no solo en el mandato que ejerce. (O)

Jorge Ortiz Merchán, máster en Economía y Políticas Públicas, Durán