El 12 de octubre del presente año ingresé al Hospital del IESS en Los Ceibos, Guayaquil, con diagnóstico de COVID–19. Al ingresar a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) dejé constancia de que había recibido las dos dosis de la vacuna Sinovac contra el coronavirus. Al quinto día, los médicos me trasladaron a una habitación de cuidados intermedios donde me iban a controlar y según los resultados me darían el alta definitiva.

Cuando fui trasladado a la habitación en el segundo piso, el camillero me estaba ubicando en una cama y llegó una enfermera y, con prepotencia, lo increpó en una forma grosera alegando que esa cama estaba destinada a otra persona, asignándome a mí a otra muy pequeña que, por mi estatura, me era muy incómoda; esta situación de malestar me provocó taquicardia y que mi presión arterial subiera anormalmente. Para llamar la atención del personal de salud, un señor que también estaba asilado, debió lanzar contra la puerta una botella que tenía en su velador, solamente así se logró que fueran y me dieran los primeros auxilios. Ante esta emergencia fui devuelto a la UCI donde lograron estabilizarme. Recuperé mi buen estado de salud después de 8 días de oxigenación, lo que sirvió para que me den el alta definitiva, gracias a Dios y al cuerpo médico.

Esta penosa circunstancia me lleva a enviar esta carta, pues pudo haberme causado un paro cardiaco, y quizás la muerte ya que soy operado de corazón abierto de la válvula aórtica. Considero una necesidad imperiosa indicar que esa prepotencia no se vuelva a dar a pacientes. Por otro lado, destaco la buena atención del personal de UCI que logró salvar mi vida. Hago esta denuncia con la finalidad de que se tomen las medidas necesarias para que ciertas actitudes de los sin vocación no vuelvan a poner en riesgo a las personas que llegan a ese hospital del IESS. (O)

Carlos Luis Jurado Morán, Guayaquil