Actualmente, el crimen organizado ha dejado de ser una simple suma de bandas callejeras para convertirse en auténticas corporaciones criminales transnacionales que operan con estructuras empresariales sofisticadas con una fuerza y tecnología militar avanzada. Estas corporaciones criminales se basan en tres pilares clave:

Primero, la estructura y gestión empresarial está conformada por jerarquías corporativas, subcontratación y gestión de talento. Las jerarquías corporativas utilizan modelos con niveles de mando claros (alta dirección, gerencia media y operativos) similares a cualquier grupo empresarial. La subcontratación (outsourcing) consiste en que las grandes organizaciones ya no lo hacen todo; ahora subcontratan servicios especializados de logística, tecnología y lavado de dinero a redes externas especializadas. Y la gestión de talento se trata de que algunos grupos, especialmente en el cibercrimen, tienen programas de incentivos económicos para motivar a sus “empleados” y supervisar su rendimiento bajo metas financieras estrictas.

Segundo, la diversificación del negocio y alianzas globales. Esta incluye el portafolio variado de negocios y las alianzas estratégicas. El portafolio variado de negocios consiste en que no dependen de un solo producto, sino que diversifican sus “ingresos” entre el narcotráfico (el más lucrativo), la minería ilegal, el tráfico de personas, la extorsión y el cibercrimen. Mientras que las alianzas estratégicas constan de que grupos latinoamericanos forman joint ventures con mafias europeas para optimizar cadenas de valor globales.

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Tercero, la infiltración en la economía formal y legal consta del lavado y contratación pública y el uso de tecnología. En el lavado y contratación pública operan bajo fachadas legales y, en casos críticos como el de Ecuador, han logrado infiltrarse en el Estado para obtener contratos de servicios públicos, moviendo millones de dólares a través de empresas proveedoras del Estado. Y en lo que respecta al uso de tecnología, emplean criptomonedas, finanzas descentralizadas y paraísos fiscales digitales para ocultar la propiedad de sus activos detrás de complejas capas corporativas, dificultando así su rastreo y ocultando la evidencia del delito.

Hoy ya el enemigo es un grupo de “corporaciones criminales” que no conoce ideología y que maneja presupuestos comparables a los de las multinacionales, con un impacto económico global que se estima hasta en 10 billones de dólares anuales.

El lavado de activos y su efecto en Latinoamérica es un fenómeno delictivo que integra dinero ilícito al sistema financiero formal, desestabilizando economías, incrementando el riesgo país y fomentando desigualdad social.

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En Ecuador, como en toda la región, genera burbujas financieras, distorsiona la inversión real y empobrece más a los países, siendo la dolarización un factor de riesgo, y donde el lavado se estima en miles de millones anuales. (O)

Jorge Sanyer Quimi, CPA y especialista en Compliance, Guayaquil