Hay personas que pintan lo que ven. Y hay personas que, antes de pintar, construyen lo que necesitan ver. Claude Monet hizo eso. En 1893 empezó a diseñar su estanque de nenúfares en Giverny. No como decoración, sino como un desafío personal: crear un espacio real donde pudiera convertir una visión en algo tangible, repetible, profundo. Y lo que vino después no fue inspiración. Fue disciplina.
Monet no miraba ese estanque como quien se inspira un rato. Lo miraba como quien entrena el ojo todos los días. Porque aunque el estanque parecía el mismo, él entendió algo que pocos entienden: la realidad nunca se repite. La luz cambia. El día cambia. El ángulo cambia. El ánimo cambia. La estación cambia. Y con eso, todo se mueve. Todo evoluciona.
Cuando tuvo absoluta claridad de lo que quería enseñar con ese lugar, dejó de “pintar nenúfares” y comenzó a construir una marca personal imposible de confundir: una serie que terminaría dando al mundo más de 300 obras y que lo acompañó durante alrededor de 31 años.
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Pero aquí es donde esta historia deja de ser arte… y se convierte en liderazgo humano. Porque todos, en cualquier etapa de vida, hacemos lo mismo, solo que con otros nombres. También nosotros tenemos un “estanque”: un entorno que construimos, una visión que perseguimos, un mundo cotidiano que intentamos ordenar para avanzar. Y el problema casi nunca es la falta de visión. El problema es que mucha gente quiere resultados sin antes construir el espacio mental, emocional y práctico donde esos resultados puedan existir.
Monet no esperó a que el mundo le acomodara el escenario. Lo diseñó. Y eso es liderazgo: no controlar la vida, sino crear dirección dentro de ella.
Para mí, la metáfora deja cuatro ideas que no son teoría, son vida real. Primero: el propósito, porque nadie sostiene 31 años de enfoque si no sabe con precisión por qué lo está haciendo; el propósito es el ancla cuando el entusiasmo ya no está. Segundo: la persistencia, porque una visión no se logra por deseo, se logra por método, se ajusta, se empuja, se reconstruye, se vuelve a intentar sin necesidad de dramatizarlo. Tercero: la resiliencia, porque siempre habrá días grises, tonos apagados, resultados lentos, momentos donde nada brilla, y aun así, lo que parece “poco” también forma parte del cuadro completo. Y finalmente: la constancia, esta es la que convierte un intento en una identidad, lo que transforma una etapa en huella, lo que te hace reconocible por lo que construyes, no por lo que prometes.
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Por eso esta historia me parece tan útil para liderar… y para vivir. Porque nos confronta con una verdad incómoda: puedes tener talento, puedes tener visión, puedes tener buenas intenciones, pero si te gana el desgano, si te vence la desidia, si te convences de que “ya está bien así”, tu estanque se seca. Y sin estanque, no hay reflejo, no hay profundidad, no hay obra, no hay legado.
El liderazgo humano –el de verdad– no se nota en los días fáciles. Se nota en la devoción por mejorar, incluso cuando nadie aplaude. Eso es lo que Monet no pintó… pero sí nos dejó claro. (O)
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Álex Torres Espinoza, director de operaciones, Samborondón

















