La pregunta de “¿por qué no alcanza el dinero?” vive en la cabeza de los hogares ecuatorianos. Y a pesar de que la respuesta en su mayoría de veces es “culpa de la inflación”, el problema radica en otra causa: la economía de la “doble factura”. Pagamos impuestos, tasas y tributos bajo la ilusión de un contrato social, pero recibimos servicios tan precarios que nos vemos obligados a pagar nuevamente a privados para subsistir, convirtiéndose en una dinámica socialmente injusta.
En salud, la inequidad es totalmente visible. Quienes poseen altos ingresos realizan los mayores aportes al IESS, pero dan ese dinero por “gasto hundido” y pagan seguros privados. La tragedia recae sobre quien tiene menos recursos: aportan obligatoriamente, pero ante el desabastecimiento hospitalario, deben pagar para comprar medicinas. Para el vulnerable, la ineficiencia estatal no es solo un costo financiero, es una condena a la desatención.
En educación, la escuela pública, carente de tecnología e idiomas, no ha sido un sinónimo de crecimiento o movilización social y esto fuerza a familias humildes a endeudarse en educación privada.
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En seguridad, tras el alza del IVA para financiar la lucha por el conflicto interno, la ausencia estatal persiste. Mientras la clase media paga guardianía, los sectores populares pagan “vacuna”. Financian al Estado para protección y, ante su ausencia, pagan al crimen para sobrevivir. Lo mismo ocurre en el transporte: el caos público obliga a las familias a endeudarse en vehículos propios.
¿La eficiencia estatal amenazaría al sector privado? Posiblemente afectaría a negocios rentistas que lucran de la carencia pública. Sin embargo, los ganadores serían millones. El objetivo de la política pública debe ser liberar el bolsillo ciudadano de estos dobles gastos. Un país no es viable si cobra impuestos de primer mundo para ofrecer servicios de tercero. (O)
Mateo Romero, Guayaquil


















