Antes de ser un gesto aprendido en la infancia o una norma básica de educación, dar la mano fue, ante todo, un símbolo de paz. En sus orígenes, este acto sencillo tenía un significado profundo: mostrar al otro que no se portaban armas y que la intención no era agredir. En un mundo marcado por conflictos, guerras y desconfianza, extender la mano abierta era una declaración silenciosa de respeto y de tregua.

La historia recoge que en antiguas civilizaciones, como la griega y la romana, el saludo con la mano sellaba acuerdos, alianzas y compromisos. No era un gesto trivial, implicaba confianza mutua. Al estrecharse las manos, los individuos reconocían al otro como igual, como alguien digno de palabra. La mano extendida era un puente entre dos voluntades. Con el paso del tiempo, aquel acto cargado de simbolismo fue incorporándose a la vida cotidiana. La paz que representaba se transformó en cortesía, en educación, en una forma de convivencia social. Dar la mano pasó a ser un saludo, una despedida, una señal de agradecimiento o de bienvenida. Sin embargo, aunque la costumbre se normalizó, su esencia nunca se perdió del todo. En la actualidad, cuando las tensiones sociales, políticas y culturales parecen profundizarse, vale la pena reflexionar sobre el verdadero significado de este gesto.

En una sociedad que a menudo prioriza la confrontación, extender la mano, literal o simbólicamente, sigue siendo un acto poderoso. (O)

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Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca