Hace bien el Gobierno en negociar, de país a país, la compra de medicamentos, insumos y demás necesidades hospitalarias. Ojalá estos procesos se desarrollen con absoluta transparencia y los productos lleguen oportunamente a quienes los necesitan.
Al tratarse en gran medida de medicamentos genéricos, es fundamental que esta medicina cumplan rigurosamente con los estándares de calidad, seguridad, eficacia y bioequivalencia exigidos internacionalmente, garantizando así que los pacientes reciban tratamientos confiables y efectivos.
Publicidad
Sin embargo, es importante recordar que la salud pública no se limita al abastecimiento de medicamentos. Disponer de fármacos en hospitales y centros de salud es una necesidad básica, pero por sí sola no constituye una política integral de salud. La verdadera salud pública se construye fortaleciendo la atención primaria, promoviendo la prevención de enfermedades, ampliando los programas de vacunación, mejorando la nutrición, el acceso al agua potable y saneamiento, impulsando la educación para la salud y garantizando servicios oportunos y de calidad para toda la población.
Los medicamentos son una parte de la solución, pero la salud de un país depende también de políticas públicas sostenidas que ataquen las causas de la enfermedad y no únicamente sus consecuencias. Un sistema sanitario moderno debe medir su éxito no solo por las medicinas que entrega, sino por las enfermedades que previene, las vidas que protege y la calidad de vida que logra para sus ciudadanos.
Publicidad
La salud pública exige una visión de Estado de largo plazo, donde la transparencia en las compras, la eficiencia en la gestión y la prevención sean pilares fundamentales para construir una sociedad más sana, equitativa y resiliente.
Por último, resulta indispensable fortalecer los controles y prohibir la comercialización de medicamentos, especialmente de productos naturales y suplementos, en establecimientos no autorizados, como bahías, centros comerciales, ferias y otros espacios de concurrencia pública que no cuenten con los permisos y la supervisión sanitaria correspondientes.
Los recientes hallazgos de productos falsificados, adulterados o de procedencia desconocida evidencian un riesgo real para la salud de la población. Los medicamentos no son bienes de consumo ordinario; su almacenamiento, transporte y expendio deben cumplir estrictas normas técnicas que garanticen su calidad, seguridad y eficacia.
La lucha contra la falsificación de medicamentos debe convertirse en una prioridad de salud pública, acompañada de mayores controles, sanciones ejemplares y campañas de educación ciudadana que promuevan la compra exclusiva en establecimientos debidamente autorizados. (O)
Antonio Martínez, cirujano general, Samborondón