El pasado viernes, 13 de marzo, recibí por mensaje una noticia que parecía absurda, inverosímil: la muerte del padre Alfonso Avilés, párroco de la iglesia San Alberto Magno. Digo inverosímil porque quienes conocieron al padre Alfonso saben de lo infatigable, de la energía y la entrega que ponía todos los días en las actividades de su parroquia. Inverosímil porque una persona con el humanismo, la sabiduría y la bondad que destilaba parecía que nunca nada les pasaría.
Y ocurrió: un desafortunado accidente en Playas y por salvar la vida de otra persona, se ahogó. El pastor puso su vida por salvar la de otro. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.
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El padre Alfonso demostró con su muerte la coherencia de sus sermones, de sus creencias, pero él nos hace falta aquí; con su ejemplo, sus palabras, sus consejos cambió y salvó la vida de cientos de personas.
La prueba de lo que expreso se demuestra con la marea humana que lo acompañó desde el velorio hasta su sepelio.
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El dolor en el alma que sentimos quienes lo escuchábamos es indescriptible, nosotros lo necesitamos, pero entendemos que Dios prefirió llevarlo con Él, para que mejor ayude a todo el mundo.
Derrama tus bendiciones a todos nosotros, como lo hacías después de cada misa, querido padre.
No voy a decir descansa en paz, porque conociéndolo, ya debe estar en nuevas tareas, ahora desde el cielo. (O)
David Ricaurte Vélez, ingeniero mecánico, Guayaquil