La ideología ha pasado de ser un gestor de la realidad a convertirse en un vector emocional de pertenencia social, inmune a la racionalidad. Los avatares del relato son la mano que mece la cuna y el pensamiento de los míos. Cuando en una sociedad una parte fanatizada exige y vota para imponer sus presuntos derechos, sus vidas dignas, sus identidades incuestionables, no tenemos ciudadanos sino hordas. Si no comprendemos que no es Julio Iglesias o Amancio Ortega quien paga la factura, sino tu vecino o el pescadero de la esquina. Esa polarización generará un boomerang emocional e ideológico en la parte agraviada que provocará el mismo voto radical de los míos; en este caso, para que le devuelvan el derecho o la parte sustraída. Así, jóvenes contra viejos, productivos contra improductivos, mujeres contra hombres, territorios contra territorios... Si votas con el egoísmo no ético de que te den lo que te ofrece el telepredicador de turno, debes entender que al que se lo quitan se enfadará y buscará en su voto el efecto contrario. La deuda de todos y de donde salen los derechos que nos dan es parte del juego y equilibrio de una sociedad. La banalización de la ética social solo nos lleva al odio y al mal. De tu mano está votar buscando el egoísmo o la ética, la convivencia o la guerra. La realidad buena y mala es lo que hay que gestionar. Si nos venden utopías irrealizables sin obligación, nos están engañando. Con nuestro voto ejercemos una responsabilidad social o votamos un reality show. Tú decides. (O)
Pablo Fuentes Cid, Valladolid, España

















