En muchos países, apagar las luces durante una hora se ha convertido en un símbolo de conciencia ambiental. Iniciativas globales como La Hora del Planeta, impulsada por el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), invitan cada año a millones de personas a apagar la luz como gesto frente al cambio climático. Sin embargo, este tipo de acciones genera una interrogante: ¿qué ocurriría si ese gesto se transformara en una estrategia permanente de eficiencia energética?

La eficiencia energética es hoy uno de los instrumentos más efectivos y menos costosos para reducir el consumo de energía, disminuir las emisiones de carbono y mejorar la competitividad económica. Según el Banco Mundial (2025) para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas, la eficiencia energética debería representar alrededor del 40 % de las inversiones energéticas mundiales para 2050. No obstante, para cumplirlo se deberían triplicar las inversiones anuales en eficiencia energética hasta alcanzar 1,9 billones de dólares, aproximadamente.

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En América Latina y el Caribe, el consumo de energía eléctrica ha crecido un 7 % en la región debido a la urbanización, la digitalización y la expansión de los servicios (Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía [Olacde], 2025), pero el 67 % de la electricidad disponible en la región proviene de fuentes limpias, y la energía eólica y solar las dominan. Estas cifras son un signo de la capacidad natural de la región, de regímenes regulatorios propicios, mayor experiencia tecnológica y un creciente interés por inversiones en proyectos ambientalmente sostenibles.

Uno de los principales desafíos es que la eficiencia energética suele percibirse como un conjunto de pequeñas acciones dispersas. Sin embargo, la evidencia demuestra que su impacto acumulado es considerable. La Asociación Española de Domótica e Inmótica (Cedomi, 2025) estima que los hogares que adoptan iluminación led, electrodomésticos de bajo consumo o sistemas inteligentes de climatización pueden reducir su consumo eléctrico entre un 20 % y un 30 % anual. Mientras que la consultora ecuatoriana Sicma (2026) señala que los programas de eficiencia energética pueden reducir los costos operativos de las empresas hasta un 30 %, dependiendo del tipo de industria y del nivel tecnológico adoptado.

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Más allá de los beneficios económicos, la eficiencia energética también tiene un impacto directo en la sostenibilidad ambiental. El sector energético es responsable de aproximadamente el 73 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, según datos de la Agencia Internacional de Energía (AIE, 2025). Reducir el consumo energético implica, por tanto, disminuir la presión sobre los sistemas de generación eléctrica, muchos de los cuales todavía dependen de combustibles fósiles.

En el caso de Ecuador, donde la matriz energética cuenta con una importante participación de energía hidroeléctrica, la eficiencia energética sigue siendo clave por varias razones. Primero, porque permite optimizar el uso de infraestructura existente y reducir la necesidad de nuevas inversiones en generación. Segundo, porque fortalece la seguridad energética frente a eventos climáticos extremos, como sequías que pueden afectar la producción hidroeléctrica. Y tercero, porque promueve una cultura de consumo responsable alineada con los objetivos de desarrollo sostenible.

No obstante, lograr una transición hacia una cultura de eficiencia energética implica políticas públicas consistentes, incentivos para la adopción de tecnologías eficientes y programas de educación energética que permitan a ciudadanos y empresas comprender el impacto de sus decisiones de consumo. En este contexto, las universidades cumplen un rol fundamental ya que pueden contribuir a generar conocimiento, promover innovación tecnológica y fomentar prácticas sostenibles en la sociedad. Integrar la eficiencia energética en la agenda académica y empresarial no solo fortalece la sostenibilidad ambiental, sino que también impulsa nuevas oportunidades económicas vinculadas a la transición energética.

Apagar las luces durante una hora puede ser un gesto simbólico poderoso, pero el verdadero cambio ocurre cuando ese gesto se transforma en hábito. La eficiencia energética no se trata de vivir con menos energía, sino de usarla mejor. Y cuando se implementa con planificación y conocimiento, sus beneficios no duran una hora: se reflejan durante todo el año en menores costos, mayor sostenibilidad y un futuro energético más responsable. (O)

Viviana Torres Díaz, coordinadora de la Escuela de Administración de Empresas de la UIDE, Loja