En el contexto de la pandemia y de la búsqueda de una vacuna que frene los contagios del coronavirus SARS-CoV-2, que produce la enfermedad COVID-19, se ha evidenciado que muchos países no le han dado suficiente importancia ni recursos al desarrollo de la ciencia.

En Guayaquil y Quito, durante el pico de los contagios de COVID-19 fue notorio que a pesar de que se tomaban las pruebas, estas se represaban y no se podían conocer sus resultados por la escasa capacidad de los laboratorios para procesar las PCR, por citar un ejemplo.

En un reciente reportaje del diario El País de España se relata, desde Buenos Aires, cómo Hugo Sigman, un empresario argentino, médico de profesión, psiquiatra, que hace medio siglo militara en el Partido Comunista Argentino, producirá con una de sus factorías el principio activo de la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y la farmacéutica AstraZeneca, que se envasará en México, y ello permitirá que la farmacéutica lo comercialice en América a un precio muy inferior al de las otras vacunas.

El magnate de la biotecnología hace énfasis en dos aspectos relevantes sobre los que los ecuatorianos debemos reflexionar ahora que estamos próximos a elecciones:

Por un lado, refiere que en su país la ciencia estuvo muy ideologizada y él formó parte de ese sector que no quería saber nada del sector privado. Por otro, señala que a pesar del alto nivel científico con el que cuenta Argentina, las graves dificultades económicas complican su desarrollo porque “no hay políticas económicas, fiscales o arancelarias estables, y así no se pueden financiar proyectos a largo plazo”.

Como ha sucedido en países cuyos electores mayoritariamente se inclinan a que sea el Estado el que resuelva todo, la falta de estabilidad jurídica para el sector privado conlleva desinversión y rezago.

Los electores deben esforzarse por dilucidar qué posibilidades de desarrollo efectivo para el Ecuador ofrecen las tendencias que aspiran a gobernar al país en los próximos cuatro años.