Este viernes se cumplen 125 años de la Revolución Liberal liderada por Eloy Alfaro y es innegable la relevancia que este hito tuvo en la historia económica, política y social del Ecuador. Muchos historiadores concuerdan en que la Revolución Liberal de 1895 tiene casi la misma importancia histórica que nuestra independencia como nación, la cual había ocurrido algunas décadas antes.

Algunos de los aciertos de Alfaro fueron la incorporación por primera vez de las mujeres en el trabajo público, dictar leyes para regular el trabajo servil y reemplazarlo por el asalariado y dinamizar las relaciones comerciales con el mundo. Se le atribuyen también la organización de los tribunales de justicia, la expedición de la Ley de División Territorial y la Ley de Registro Civil, y la construcción del ferrocarril. Todas estas obras contribuyeron a una modernización del Ecuador, y para algunos, esto nos hizo entrar con pie derecho al siglo XX.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que en su personalidad había un caudillo innato. Y mientras que ese adjetivo a Alfaro le calza perfectamente, esa palabra también espanta un poco puesto que, a lo largo de la historia del Ecuador, no hemos tenido buenas experiencias con este tipo de líderes. El poder de un caudillo radica en el uso de la fuerza.

Para Alfaro, un liberal era aquella persona no conservadora, no tradicional y, más importante, no católica. Pero hay que reconocer que separar la Iglesia del Estado y estatizar las tierras que solían ser de la Iglesia, lejos de volverte un liberal, te vuelve un estatista. Para un caudillo, la libertad, lejos de ser la posibilidad de elegir sin coerción sin importar las alternativas, solo existe si se cumplen ciertos estándares mínimos al momento de tomar decisiones. Esto necesita de un Estado gigantesco que garantice estas condiciones que ellos llaman derechos. Quizá por eso Correa siempre quiso identificarse con Alfaro. Por caudillo, por el uso de la fuerza, y por prometer dádivas y llamarlas derechos. Quizá por eso le llamó “Revolución Ciudadana” emulando (sin éxito) a la “Revolución Liberal”, y tal vez por eso en Montecristi un caudillo edificó el lugar que más adelante vería nacer una Constitución absolutamente “garantista” en lo lírico (repleta de esos derechos que no son derechos sino aspiraciones), por ser la cuna de otro caudillo.

Con sus aciertos y desaciertos, la “Revolución Liberal” trascendió muchísimo y de forma muy distinta a la Revolución Ciudadana. Pero lo cierto es que quizá el nombre “liberal” no es el adjetivo ideal para describirla. Tampoco había mucho de “ciudadana” en la revolución de Correa, pero eso es tema para otro artículo. Finalmente, ojalá pudiéramos decir que gracias a ella entramos con pie derecho al siglo XXI, pero no hay nada más lejos de esa realidad.

Par terminar, quisiera rescatar esta frase de Alfaro para celebrar los 125 años de la Revolución “Liberal” y que además aplica para estos momentos de la historia republicana del Ecuador: “Los hombres indiferentes a la desventura de la nación, aunque sean privadamente laboriosos, son auxiliares inconscientes de la corrupción y desgracia de los pueblos”. (O)