Provengo de una familia de deportistas. Mi padre, periodista también, encontraba en la práctica disciplinada del deporte una fuente de mantener no solo la salud, sino la integridad del ser, sus actos éticos, la responsabilidad, el cumplimiento.
Cada tarde, estrictamente de lunes a viernes, practicábamos dos horas diarias de gimnasia. Ojalá, algún día, la historia recoja una de sus hazañas sobre uno de los emblemas de la ciudad: en exhibición gratuita realizó ejercicios acrobáticos en la diminuta cornisa derecha de la cúpula más alta de la Catedral Nueva de la ciudad. Lo hizo por pura diversión, y luego lo repitió para recolectar fondos para una iglesia consumida en un incendio. Lo hizo, ateo él, por pura solidaridad.
En medio de este atribulado presente en el que vivimos, donde la comunicación pública está desde hace doce años atrapada en un solo eje estratégico: “Correa esto”, “Correa lo otro”; donde las páginas deportivas no van más allá de un balón y 22 microempresarios; donde los auspicios privados se condicionan solo a los resultados publicitarios, las recientes noticias de aquellos otros deportistas ecuatorianos nos han venido a regalar esperanza.
Tanto en mi actividad profesional como particular he acompañado los procesos deportivos locales. Con mi ya conocido prejuicio con todo lo que tenga que ver con fútbol, he sido testigo del crecimiento esforzado de deportistas en disciplinas tan diversas cuanto populares e invisibles al lucro económico. Con cariño guardo los saludos de los deportistas paralímpicos a los que retraté. Mantengo la amistad de exatletas, exclavadistas, exfondistas; y cultivo hoy por hoy la amistad de apacibles y maduros hombres y mujeres dedicados al vuelo libre. El deporte ha sido esa pausa en el vértigo de las dinámicas políticas, económicas, sociales de una estirpe política altamente descalificada.
Y todo ese regalo otorgado por los medallistas ecuatorianos en torneos por todo el mundo merece un gracias permanente. Gracias por la decisión de representarnos; gracias por el tiempo dedicado al dolor voluntario de los entrenamientos; gracias a los renunciamientos de la “vida cotidiana” que imponen quienes no se dedican a cultivar el espíritu, la competencia, el honor; gracias por las horas de sudor al año, solo para imponer una marca, romper la ya impuesta; cantar el himno nacional en representación nuestra.
El deporte, la cultura, la educación no son vistos con la importancia que realmente merecen, y por ello son los primeros espacios en ser recortados por gobiernos como el que temporalmente está al frente de nuestros destinos. Al menos Moreno lo ha admitido públicamente y ha sido consecuente con esa política: hizo recortes presupuestarios en esos mismos campos, y los deportistas respondieron con medallas; los estudiantes, con excelencia; los promotores culturales, con más proyectos. Solo que esa confrontación no va a ser sostenible si es que deportistas, estudiantes y artistas quedan sometidos a estas mismas condiciones.
Solo la rentabilidad económica no puede ser la única estrategia con la que se deciden los apoyos a estos sectores; los deportistas que han puesto sus sueños en mostrar al país como una potencia, nos han regalado esperanza. Ahora nos toca a nosotros, por lo menos ser gratos e imitarlos.
El Gobierno no lo va a hacer. Hagámoslo nosotros con la certeza del futuro.
Gracias, deportistas. (O)









