Les voy a contar un cuento, ya verán por qué: durante la Primera Guerra Mundial, un soldado austríaco, prisionero de guerra, convalece en un hospital militar ruso en algún pueblo perdido del Este, salvándose así de morir joven como murieron tantos en esa guerra absurda, como todas. Postrado en cama, transcurren los días en un aburrimiento que empieza a tornarse insoportable hasta que alguien se compadece de él y consigue, cómo, quién sabe, un ejemplar de un periódico en alemán, la lengua materna del soldado, la cual no comparte nadie allí donde ha ido a parar. Cual niño con juguete nuevo, el soldado lee ávidamente el diario, saltándose como lo hacemos todos aquello que no le interesa. Hasta que se da cuenta de que ese será el único ejemplar que llegará a sus manos, y empieza entonces a examinarlo de principio a fin, una y otra vez, día tras día, repitiéndose sin embargo los acontecimientos y anuncios de un solo día, ya por siempre el tiempo detenido en la fecha impresa en primera plana. Poco a poco, el universo retratado en las noticias de ese día eternizado se convierte en el mundo que habita la imaginación del soldado: trivialidades de la vida vienesa, “victorias” del ejército austrohúngaro, anuncios clasificados, eventos pasajeros que cobran una relevancia exagerada en la mente del soldado, quien se va obsesionando con historias y personajes de un objeto diseñado para perecer a diario en un retrete.

Un día cualquiera, tal como lo retrata la prensa, se convierte en una realidad absoluta que invade incluso el entorno inmediato del lector. Así nos sucede hoy a quienes pasamos el día enchufados a los medios, leyendo una y otra vez las mismas noticias, dejándolas suplantar nuestra experiencia real del mundo tangible que nos rodea, angustiándonos con el escándalo de turno. Con la diferencia de que el universo del soldado está fijo: la página impresa leída y releída, inmutable. El nuestro es en cambio el mundo inestable, aleatorio, caprichoso, inmediatista de las redes en donde montamos histriónicos la ola de una noticia solo hasta que esta se revienta en espuma para dar paso a la siguiente, momento en el cual ya hemos olvidado la que pasó.

Pero volvamos a nuestro soldado con sus vendas, las interminables noches en cautiverio mientras la guerra embarra de muerte los rostros que brotan de las trincheras. Encerrado en el mundo tal como lo presentan las páginas de ese periódico particular en un día particular, el soldado descubre un universo construido por retazos inconexos, pues los diarios, al contrario de los libros o revistas especializadas, en lugar de tratar a fondo, a lo largo y ancho, un tema o temas relacionados e hilados, se componen de cajas que tratan un tema junto a otras cajas que abordan otro. Si bien existen “secciones”, la primera plana es una miscelánea de aquellos acontecimientos que gozan de su día de fama. E incluso en una misma sección, “Internacional”, digamos, encontramos la noticia de un tiburón blanco en Mallorca espalda con espalda con la visita de un primer mandatario a un dictador tras la cual el primero se deshace en elogios ante la sumisión de todo un país bajo un líder fuerte, y se le va la baba deseando serlo: idolatrado, incuestionable, admirado con fervor.

Entrenamos a nuestra mente para brincar de tema en tema, confundiéndose lo relevante con lo irrelevante, olvidando rápidamente, opinando atolondrados.

Le sucede así al soldado, como a nosotros, que su mundo se fragmenta en temas incomunicados. Les invito a hacer un experimento, a observar cómo está compuesta por ejemplo la primera plana del diario de hoy, o hacer una lista de los temas que van apareciendo mientras se desplazan ssscroll-croll-croll por las novedades subidas por conocidos o desconocidos en Facebook o cualquier red o publicación virtual que sigan. Entrenamos a nuestra mente para brincar de tema en tema, confundiéndose lo relevante con lo irrelevante, olvidando rápidamente, opinando atolondrados.

El soldado, sin embargo, tiene una ventaja: la eterna repetición de lo mismo, por más desgarrado que sea ese mundo, le permite sumergirse en él convirtiéndolo en una verdad estable, aun cuando el tiempo haya pasado barriendo como el viento de otoño las hojas de ayer. Por otro lado, su imaginación se desborda y empieza a tejer vínculos inexistentes entre los fragmentos, llegando a creer por ejemplo que el tabernero de la página 2 conoce a la mujer de la 7. Cuando termina la guerra y regresa a Viena, visita a algunas personas de las cuales hablaba el diario, quienes por supuesto han olvidado lo sucedido hace años, y se encuentra con que el paso del tiempo ha rendido intrascendente lo que ese día tanto importaba… Se estrella así con un mundo caracterizado por la fragilidad de la memoria, por la velocidad de quienes viven al ritmo de la marea, de la espuma de los días.

Fuente: Cuento “Martes, 12 de octubre de 1916”, Leo Perutz (1919). (O)