¡Albricias! Por fin un sabio ecuatoriano ha hecho un descubrimiento que le colocará en el sitial destinado a los grandes descubridores, junto a Arquímides, Pasteur, Einstein, Galileo, madame e mesié Curie, Freud o Alexander Flemming: el papel es malo.
¡Oh! Desde el siglo II en que los chinos descubrieron el papel hasta el aparecimiento en la escena científica del ilustre sabio que lo sataniza, la humanidad estuvo equivocada. ¡El mundo nos falló!, podría repetir el ilustre científico ecuatoriano citándose a sí mismo, que es lo que más le gusta hacer cuando no está investigando las antipropiedades de los elementos que el ser humano emplea para su maleficio pensando, equivocadamente, que son para su beneficio. Pero ahí es cuando entra en acción el más notable alquimista de la historia, para dictar sus correctivos y proclamarlos urbi et orbi.
¿Y cómo descubrió el sabio su descubrimiento?, se preguntarán ustedes. Y yo les diré que, probablemente, haciendo lo que hace todo sabio: con un gorro que le protege la cabeza y vestido con un largo camisón de tela basta, recluido en su laboratorio lleno de pipetas, probetas, retortas, telescopios, lupas y microscopios, se exprimió el seso durante muchas noches con cálculos infinitesimales, peligrosos experimentos y comprobación de fórmulas. Así, noche tras noche a la luz de una vela apagada (ya que el sabio hizo un anterior descubrimiento de que la electricidad sí es buena) hasta que su tesis no resistió más análisis dada la contundencia de sus argumentos y pudo gritar ¡Eureka! ¡Ay, no, qué bruto! Pudo gritar ¡Yasuní!, quise decir.
Y, en efecto, fue su fórmula expresada en la trilogía, ahora ya altamente apreciada por el conglomerado científico, de Ishpingo al cuadrado + Tambococha al cubo + raíz de Tiputini multiplicada por 3.1416 = Yasuní, la que le llevó a la prodigiosa conclusión, que ha revolucionado la teoría de la relatividad. De la relatividad del papel, claro.
La premisa de la que partió el sabio resultó, a la postre, incontrastable: más daño hacen aquellos que talan los árboles para la elaboración del papel, que quien incursiona en la selva virgen para la extracción del petróleo. Por lo tanto, para que el mundo siga siendo mundo, el papel debe ser eliminado y el petróleo debe ser explotado. ¡Yasuní! (que es como se dice ¡Eureka! en el lenguaje de la Pachamama).
¡Qué sabio que es el sabio! Tan sabio que, en reconocimiento de sus muchos dones, tiene la posibilidad de ser reelegido como sabio de manera indefinida, para darle así la posibilidad de que siga adelante con sus descubrimientos que modificarán el futuro del Universo. Y del Comercio y del Hoy y del Expreso, y de tantos y tantos otros medios contaminantes que causan un irreparable daño al ambiente. Al ambiente dictatorial, digo.
El papel que ha jugado el sabio en el desarrollo de la ciencia resulta invalorable y dará lugar a su reemplazo (no del sabio, sino del papel) por las computadoras, las laptops y las tablets, que, para sustituir al papel, vendrán equipadas con un mecanismo para la limpieza corporal íntima, que es el invento en que está trabajando actualmente el sabio más sabio de todos los sabios.










