Todos hemos visto más de una vez a niños y niñas en la calle. Algunos limpian los vidrios de los carros, si se lo permite el conductor, otros venden flores, caramelos, discos, cualquier cosa y no faltan los que simplemente piden unas monedas.

Aunque los informes más recientes del Ministerio de Inclusión Económica y Social permiten pensar que este drama social ha disminuido, aún están allí, son niños en la calle o niños de la calle. Los primeros son los que pasan el día en la calle pero tienen algún tipo de soporte familiar y tienen adónde volver por la noche. Los segundos pasan día y noche en la calle, sin soporte familiar alguno. Todos tienen en común la pobreza y el encuentro reiterado de sus padres con el desempleo y la marginación. Ese es el origen del problema.

Decimos que viven en la calle pero, realmente, sobreviven, y su actividad cotidiana es la búsqueda de los medios para sobrevivir. En esa lucha afrontan muchos riesgos para su salud física y psíquica, no es extraño que padezcan de desnutrición, parasitosis, traumatismos múltiples ocasionados por accidentes o peleas callejeras o que inicien su actividad sexual muy temprano, lo que a veces los convierte en padres o madres adolescentes, que traen al mundo a otro niño de la calle. No es extraño que se familiaricen con el consumo de drogas, que empieza inhalando sustancias que generalmente se usan para pegamentos y que terminen de correos en la distribución de marihuana, cocaína y similares.

La identidad de las personas se construye dentro de la familia, es allí en esa cultura, con esa lengua, con una historia, en una geografía, dentro de una comunidad que tiene sus valores y sus costumbres, donde el niño se pregunta ¿quién soy? Y la respuesta la encuentra en esos referentes, que son la realidad que lo rodea diariamente.

El niño de la calle muchas veces desconoce quiénes son su padre y su madre o los dos y, en consecuencia, su propia historia. No tiene referencias adultas, no tiene los límites que imponen la educación y los valores familiares. Vive el instante, su vida se limita a lo inmediato y no vislumbra su futuro. La construcción de su identidad está difusamente vinculada a ese medio inestable, peligroso, donde ha tenido que aprender a defenderse y ganar un territorio, a riesgo de su seguridad.

Las instituciones que trabajan para incorporarlos a un mundo diferente, encuentran siempre el reto de que lo que le ofrecen sea considerado por ellos como estable y deseable y que puedan perseverar en la tarea de incluirse en una sociedad distinta a la que han conocido, por eso, el éxito de la institución que los acoge radica en prepararlos para que cuando se separen de ella, puedan vivir y desarrollarse de manera independiente, después de haber vencido más de una vez, el llamado de su vida anterior, aparentemente libre.

Estas reflexiones surgieron al conocer que el programa salesiano Chicos de la Calle, cumple ya veinte años en Guayaquil. Acogen un promedio de 1.700 niños y le ofrecen varios programas: centros de acogida, centros de referencia, centros de capacitación, unidad educativa, escuela de fútbol y oratorios. A ella y a las instituciones similares, muchas gracias.